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“Repensar la pobreza” de Abhijit Banerjee y Esther Duflo de la casa superior estadounidense MIT, es probablemente uno de los mejores textos contemporáneos sobre la pobreza.

Gran parte del libro estudia la noción de la “trampa del ingreso bajo”. Por ejemplo, en el campo de la nutrición, una persona que tiene bajo nivel de calorías sólo tendría fuerzas para ganar dinero para su alimentación diaria y, de esa forma, no mejoraría su estándar de vida. El libro analiza esta hipótesis para educación, salud, etc.

También existe la “trampa de ingreso medio”, un fenómeno analizado por el Banco Mundial. Varios países ya no son pobres, pero tampoco tienen los elementos que puedan impulsarlos para ser una economía de alto ingreso. Chile, Brasil y México se encuentran en este dilema.

A mi parecer, nuestro país podría estar iniciando este último fenómeno en el mediano plazo. Pero el problema más apremiante es la perjudicial trampa de narrativas del “crecimiento alto”.

Durante estos años Bolivia ha tenido un desempeño de crecimiento por encima del promedio latinoamericano. Durante el auge Bolivia se expandió a una tasa promedio anual de 5%, superior a la de la región (3,4%). Y aún en la desaceleración desde 2015 en adelante, el crecimiento fue 4,4%, por encima del 0,1% de la región.

En el periodo de auge, las mejores condiciones permitieron que el sector público pueda ahorrar una parte de esos recursos con un superávit promedio de 1,3% del PIB durante nueve años. Pero desde 2015, la caída de ingresos y el mantenimiento de la inversión pública se plasmó en un déficit de 7,6% del PIB.

Varios analistas e instituciones, incluyendo al expresidente de la CAF Enrique García o el FMI en varios documentos, han señalado que mantener el crecimiento alto con un desbalance fiscal tan alto tiene un límite, una noción consistente con los consensos básicos de la macroeconomía.

Permítanme una analogía. Bolivia ha estado en una carrera de resistencia con otros países en todos estos años y ha superado la región, un aspecto que es por demás positivo.

Sin embargo, debe bajar su ritmo de crecimiento para recuperar fuerzas, reestablecer el equilibrio (hidratarse, por ejemplo), porque de no hacerlo podría tener calambres o quedar exhausto antes del final de la carrera.

Por tanto, se requerirá disminuir la inversión pública y focalizar subsidios para corregir el déficit fiscal. Implicaría crecer un par de años por debajo de 3%, aunque sin efectos significativos en el desempleo. Es decir, un aterrizaje suave.

La trampa radica en la alta polarización que caracteriza al país. Aunque la prescripción económica es clara independientemente de quién esté en el poder, la discusión política podría implicar que no se implemente y, por consiguiente, habría un aterrizaje abrupto con efectos contraproducentes en el país.

Pensemos por un instante que la actual administración continúa y debe implementar esta medida. Tal como ya se ha anticipado, se criticaría la medida señalando que es una muestra del fracaso del modelo y que el crecimiento pasado fue simplemente una ilusión. Por tanto, habría un bajo interés de implementar este ajuste necesario.

Si la administración cambia, tendrá que tomar similares medidas y, de igual forma ya anticipada, se le acusaría de implementar políticas impopulares del pasado y que la situación sería distinta si hubiese continuidad. De igual forma, los incentivos serán implementar programas incompletos y muy graduales como el de Argentina en años previos.

La actual polarización se constituye en una amenaza potencial al crecimiento sostenible. Por el bien del país, la economía debe bajar su ritmo de crecimiento durante unos años mientras se reequilibran las cuentas externas y fiscales. Si no lo hacemos tendremos un rebalanceo descontrolado con efectos adversos.

Frente a esto, requerimos un acuerdo general en pro de la estabilidad y el crecimiento por encima de intereses particulares, así como promover la inversión privada de miles de emprendedores para crear cientos de miles de empleos.

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