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18 de enero de 2024, 3:00 AM
18 de enero de 2024, 3:00 AM

Ignacio Vera de Rada

El filósofo Zygmunt Bauman pinta de esta manera la realidad contemporánea del ser humano: «El mundo está lleno de posibilidades como una mesa de buffet repleta de platos apetitosos, cuya cantidad excede la capacidad de degustación del más eximio glotón. Los invitados son consumidores, y el desafío más exigente e irritante que deben enfrentar es la necesidad de establecer prioridades: la necesidad de desechar algunas opciones y dejarlas inexploradas. La desdicha de los consumidores deriva del exceso, no de la escasez de opciones». Me parece que es el retrato fiel de nuestra época, toda vez que el mundo es un container lleno de un sinfín de posibilidades que ni la vida más larga y pletórica de salud y dinero podría abarcar. Y ello, el no poder abarcarlo todo, genera sensaciones de incertidumbre y perpetua angustia.

En algunos sentidos, vivimos mucho más limitados que nuestros ancestros de hace miles de años, quienes no se tenían que privar de nada porque la escasez no era un suceso a la vista, pero en muchos otros sentidos estamos rodeados de muchos más recursos y comodidades que ellos. A excepción de quienes viven en la extrema pobreza, los seres humanos están rodeados de posibilidades: entretenimiento, educación, sexualidad, comunicación. La estabilidad, la duración, parecen ser cosas cada vez más del pretérito, pues hoy casi todo es descartable —desde un teléfono hasta una relación conyugal—, ya que están hechos de un material mucho más delgado y precario. Esta realidad cambió no solo nuestros hábitos de consumo material, sino incluso la estructura de las familias y las sociedades. Antes se nacía en un estrato social fijo y se tenía algo parecido a un destino predeterminado por el linaje y la providencia. Ahora casi nada es irrevocable: se puede ascender socialmente, cambiar de sexo o ser sometido a operaciones quirúrgicas que modifiquen algún rasgo somático que nos desagrada.

La abundancia para elegir no es solo material, puede ser también identitaria: entonces hoy puedo creer en el matrimonio cristiano, pero mañana ya no; puedo haber nacido con un fenotipo blanco, pero mañana autoidentificarme como un indígena y reclamar una cuota en el poder de turno. Una gran mayoría piensa que es mejor ser así de líquida y flexible, pues así se puede acomodar mejor a las contingencias del futuro sumamente enigmático; es mejor estar abierta a todo, pues ser así le permite la grata (y muchas veces engañosa) sensación de ser libre.

Pero esa sensación termina siendo muchas veces, quizá la mayoría, solo una sensación psíquica, un espejismo, pues el ser humano, al dejar abiertas todas las posibilidades, nunca termina convenciéndose de que el proceso de búsqueda —espiritual o material— ha concluido satisfactoriamente, y aquello que creía libertad en realidad constituye una cárcel de deseos permanentes y nunca alcanzables. El estado de incompletitud supone ansiedad, pero lo opuesto, es decir la sensación de completitud, tampoco produce placer, ya que cierra las posibilidades que la libertad dice que deberían estar abiertas. Y es por eso que los seres humanos viven en un permanente estado de deseo insatisfecho, un estado que, aunque supone riesgo, es finalmente el más querido.

Ahora bien, el mundo del consumo en abundancia no solo afecta a quienes gustan de los productos Apple, las series televisivas, la comida chatarra o los automóviles, sino, como no podía ser de otra forma, a quienes gustamos de los libros. Según la escritora española Irene Vallejo, «la humanidad publica un libro cada medio minuto», lo cual hace que también los lectores debamos asumir criterios selectivos en nuestra vida de consumo, elegir lo que más nos aporte en este tránsito cortito y frágil que se llama vida en la tierra. Por todo esto, quizá sea bueno recuperar algo de la estabilidad, la duración y la escasa pero intensa vida de nuestros antepasados, para no creer en la ilusión de que más cantidad y mayor velocidad nos harán seres más dichosos o menos infelices. Que este 2024 nos traiga un poco de esa sabiduría selectiva y esa quietud y que, como desea el historiador Harari, sea, en vez de excitante, un poco más pacífico y silencioso.

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