22 de julio de 2023, 7:25 AM
22 de julio de 2023, 7:25 AM

Cada vez que se habla de inseguridad, lo primero que acude a la mente es la violencia que una persona puede sufrir en la vía pública y a manos de delincuentes comunes. Lo que se relega a un segundo plano es la violencia intrafamiliar, la más común de todas, la que más inseguridad y dolor genera en la sociedad.

Las estadísticas del primer semestre de este año confirman esa realidad: de los más de 23.600 hechos violentos denunciados en todo el país, 18.000 de ellos fueron agresiones que se dieron en el seno del hogar, es decir, el 76% del total. Un dato escalofriante. Y la cifra podría ser mucho mayor si se tomara en cuenta la enorme cantidad de agresiones que no se denuncian por la vergüenza o por el temor que sienten las víctimas.

En ese sombrío ambiente hogareño, las mujeres y niños se llevan la peor parte, llegando incluso a perder la vida: los feminicidios llegan a 49 y los infanticidios a 11 en esa primera mitad del año. Los asesinos de las mujeres suelen ser sus parejas: esposos, novios, convivientes y exnovios. Incluso ha habido el caso del hombre que mató a su madre, de 75 años. Y los infanticidas suelen ser los mismos padres.

Las agresiones sexuales representan un capítulo aparte dentro de este drama familiar. Se han registrado 5.080 denuncias de estos casos en ese mismo periodo, entre los cuales figuran, en orden descendente, los abusos sexuales, las violaciones a mujeres, las violaciones a infantes y el estupro. Aquí se abre el abanico de perpetradores a padres, padrastros, tíos, hermanos y primos. Un horror generalizado.

¿Qué está pasando en la sociedad boliviana? ¿Cómo se explica tanta violencia? Las autoridades que atienden estos casos de violencia intrafamiliar sacan algunas conclusiones, aunque éstas no respondan a estudios sociológicos y psicológicos. Señalan a la pérdida de valores en la familia y al consumo de alcohol como causantes de una buena parte de estos hechos. Un dato que parece respaldar lo segundo es que la mayor cantidad de agresiones se registra durante los fines de semana, cuando, por lo general, hay algún tipo de celebración o algún motivo para beber en los hogares.

Por supuesto que las causas de la violencia son muy variadas y complejas. La familia, como núcleo de la sociedad, es susceptible de caer en una espiral de violencia que se transmite de generación en generación. En hogares donde ha ocurrido un feminicidio, por ejemplo, con la madre ya muerta y el padre en la cárcel, los hijos quedan al cuidado de otros parientes que quizá no tengan la capacidad de sanar sus heridas emocionales. Menores como aquellos que han sufrido la violencia en carne propia o la han presenciado, son más propensos a replicar el comportamiento cuando ya les toca formar su propia familia. Se trata de una degradación de la esencia familiar que urge revertir.

Por lo pronto, la sociedad debe brindar la mayor asistencia posible a las víctimas. Animarlas a denunciar a sus agresores ya significa un gran paso, porque se sabe que muchas de las mujeres que perdieron la vida a manos de su pareja, nunca denunciaron las múltiples agresiones que precedieron al hecho fatal. Y, por otro lado, hay que facilitar a las víctimas el acceso a la justicia, ya que es aquí donde ellas más tropiezan a la hora de hacerse escuchar, según lo corrobora el defensor del pueblo.

La salud del tejido social depende del bienestar de la familia. Los diferentes niveles de gobierno deben aunar esfuerzos para evitar que este tejido se siga deteriorando. Hace falta implementar programas de asistencia social para erradicar males como la intolerancia, la incapacidad de resolver problemas y el abuso del alcohol y drogas en el entorno familiar. Y se debe actuar con criterio preventivo, cuando los miembros vulnerables de las familias ya sufren humillaciones, insultos y amenazas, agresiones que presagian peores desenlaces. El núcleo de la sociedad merece la mayor de las atenciones.


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