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OPINIÓN

La vocación honrosa de los mandiles blancos

Carlos Dabdoub Arrien 7/6/2020 03:00

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Actitudes beligerantes contra los profesionales de la salud por hordas punitivas e inducidas por consignas políticas inhumanas o por ignorancia, así como declaraciones oficiales que aluden al potencial “miedo de los médicos” a esta pandemia, demandan considerar, aunque sea de manera breve, algunos comentarios que no pueden pasar desapercibidos.

Como antecedente, el cuerpo sanitario en menos de 20 años ha enfrentado a tres pandemias (el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), entre 2002 y 2003, la influenza (H1N1) en 2012 y ahora, la COVID-19). Con la actual peste y debido al alto grado de contagio, en todos los países se observa con menor o mayor gravedad, un colapso del sistema de salud, tanto en recursos humanos como en infraestructura y equipamiento, a lo que suma la ausencia de un tratamiento específico para esta enfermedad, conllevando todo ello al triste fallecimiento de cientos de miles personas en todo el planeta.

En la Universidad, a los estudiantes de las Ciencias de la Salud, no sólo impartimos conocimientos teóricos y prácticos, a fin de ofrecer la mejor atención a los pacientes, sino que también inculcamos valores y un compromiso social con la comunidad, que refuerzan su vocación de servicio. Esto último lo llamamos “eticidad profesional”, que se ejerce más aún en situaciones extremas y altamente peligrosas, como ahora. Se trata de un proceso de construcción identitario que se genera a través del contacto con colegas y enfermos.

¿Cuál es la curva de aprendizaje de los profesionales en salud que enfrentan hoy por hoy en primera línea de atención a los enfermos contagiados?

No es la experiencia o el tiempo los que marcan la identidad del médico, el cuerpo de enfermería o personal paramédico. Nuestros residentes y auxiliares también han demostrado el valor y la vocación de asistir a estos pacientes, igual que los médicos más experimentados, un hecho que sólo los malagradecidos y ciegos de espíritu no quieren ver.

No cabe duda que esta pandemia a todos ha forzado a un proceso de reflexión y análisis personal. Igual ha sucedido con quienes visten mandiles blancos, que balancean diariamente la responsabilidad profesional ante la sociedad, con la de ser miembro de una familia, a quien se pone en riesgo de contagio. Es natural, que la ansiedad ronda en cada uno de ellos cuando observan cómo van cayendo sus colegas en el campo de batalla. Entonces viene la pregunta tan temible: ¿cuándo será mi turno? Diferentes encuestas aseguran que el grado de contagio de trabajadores sanitarios en países desarrollados ha llegado al 14%. ¿Qué pensar en Bolivia, donde faltan a diario equipos de bioseguridad? Seguramente el porcentaje es mayor, ejemplo, Trinidad.

En época de pandemia, una reciente encuesta sobre ética médica realizada en abril de este año a casi 2.000 médicos españoles, mostró que el 54% declaró estar "muy satisfecho" o "satisfecho" de serlo y trabajar en esta época, muy a pesar de las bajas, incluyendo decenas de mandiles blancos muertos. Entre otras respuestas, más de un tercio de los encuestados señaló haber estado en contacto con un paciente confirmado de COVID-19, sin tener un equipo de protección individual adecuado.

El colosal sacrificio de este gran grupo humano -igual que militares, policías y otros-, no ha sido comprendido en su verdadera magnitud, tanto en el ámbito gubernamental, como en lo económico y social. Su reclamo actual de exigir mayor seguridad personal para la atención en los centros de salud, la falta de condiciones suficientes para salvar vidas (equipamiento, medicamentos y personal), el ser reconocido en la ley del trabajo o el incremento presupuestario de la salud al 10%, siguen siendo cuentos de sirenas.

Bolivia, de pie, porque viene marchando el ejército de los mandiles blancos rumbo al campo de batalla para cumplir con su plausible, valiente y meritoria vocación: vencer al enemigo invisible.