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El 28 de noviembre de 2016 un avión de la empresa boliviana LaMia que había partido de Viru Viru, Santa Cruz, se estrellaba en Cerro Gordo, a 20 kilómetros de aterrizar en el aeropuerto José María Córdova de Medellín, Colombia. Era lunes, a bordo iban 77 personas, entre ellos los jugadores, cuerpo técnico y dirigentes del equipo de fútbol brasileño Chapecoense, además de la tripulación boliviana.

El equipo utilizaba frecuentemente los servicios de la aerolínea LaMia en sus viajes para disputar partidos internacionales. Aquel día, el avión debía trasladarles de Sao Paulo a Medellín, pero el Código Brasileño de Aeronáutica y el Convenio de Chicago que regula los acuerdos de servicios aéreos entre países establecían que un vuelo de Brasil a Colombia solo podía ser operado por una empresa brasileña o colombiana.

Por ese impedimento, el equipo se vio forzado a tomar un vuelo comercial entre Sao Paulo y Santa Cruz de la Sierra, donde le esperaba la nave de LaMia para trasladarlo a Medellín; allí le esperaba el Atlético Nacional para disputar la primera vuelta de la final de la Copa América.

La empresa planeó el vuelo chárter de Santa Cruz a Medellín sin escalas, pero no cumplió con los requisitos de combustible necesario que exigen las normas internacionales, ya que no tomó en cuenta la cantidad que se requería para volar a un aeropuerto alterno, ni el de reserva ni el mínimo para aterrizaje.

El avión voló con un déficit de 2.303 kilogramos de combustible para cubrir la ruta Santa Cruz-Medellín, y por las grabaciones de la tripulación durante el vuelo se sabe que en determinado momento se consideró desviar el vuelo a Bogotá para reabastecerse de combustible, pero que finalmente se descartó esa posibilidad para continuar vuelo hacia Río Negro, la región donde se encuentra el aeropuerto que da servicios a Medellín.

Pocos minutos antes de llegar a destino, el avión comenzó a perder altura, y cuando estaba a 9.000 pies, muy por debajo de lo que debía tener en ese momento, la tripulación tomó contacto con la torre de control por última vez reportando una falla eléctrica general, que significaba que motores y equipos de navegación y comunicaciones comenzaban a apagarse por falta de combustible.

Dos minutos después de esa última comunicación, la nave LaMia 2933 se estrellaba en el Cerro Gordo dejando 71 muertos de las 77 personas que iban a bordo.

La tragedia vistió de luto a Brasil, Bolivia y Colombia, y pese a que han pasado cuatro años, las responsabilidades no han quedado completamente identificadas en un caso donde intervinieron varias manos, y no solo los pilotos del avión, porque en tierra, antes de levantar vuelo, la nave recibió la aprobación de funcionarios de diversas instituciones.

Nunca se aclaró, por ejemplo, por qué se dio autorización para operar en Bolivia a una empresa de aeronavegación que no cumplía con todas las condiciones; quedaron lagunas en la investigación de la autorización que dieron funcionarios del aeropuerto de Viru Viru para permitir a la nave despegar sin un plan de vuelo adecuado ni combustible suficiente para cubrir la ruta que debía cumplir hasta Medellín.

Finalmente, las víctimas, tanto en Brasil como en Bolivia, aún esperan justicia por las irresponsabilidades que ocasionaron la mayor tragedia aeronáutica vinculada al fútbol en América del Sur, tragedia que dejó, además, manchada la imagen de Bolivia como un país que demostró no ser riguroso en la exigencia con las empresas de aeronavegación comercial.

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