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1 de junio de 2018, 4:00 AM
1 de junio de 2018, 4:00 AM

De reojo miro el hermoso Cristo Aimara del inigualable Cecilio Guzmán de Rojas. No puedo concentrarme en el cuadro, porque a mi lado está su propio hijo Iván rodeado de admiradores y de vecinos de Sopocachi. Al frente me saluda la historiadora Clara López, a quien no veo hace tiempo.

Besos y abrazos, sonrisas. Rolando Encinas se sale del escenario y me dice: “Otra vez”, porque trato de asistir a todos los conciertos de Música de Maestros y Juan Carlos Nuñez hoy no habla sobre el Pacto Fiscal, hoy toca cuecas y bailecitos. Mientras más allá están amigas deportistas, la representante de la CAF, la embajadora de Uruguay, los grafiteros de la Calle de la Felicidad, la pintora Giomar Mesa, familiares de Arnal.
- ¿Qué tal?

- ¡Qué hermosa noche!

Otros besos y saludos con Suely Aguiar, que presenta una impresionante maqueta sobre la historia y cultura del mundo afro en Bolivia en el Centro Boliviano Brasileño, que ofrece capoeira de Bahía, bocadillos de Recife y café en un carromato, de esos que ahora atienden jóvenes emprendedores, de moda en las calles paceñas.

No alcanzo a entrar al Planetario Max Schreier, como cada año está repleto y mis alumnas me saludan satisfechas, ya están adelante. Nadie se cuela, nadie protesta, nadie discute.

Es la Larga Noche de Museos y desde que baja el telón a las 15:00 toda la ciudad se transforma. Hay un acuerdo misterioso para gozar la jornada, sin prisas, sin bocinas, sin borracheras, sin riñas. Es como la magia del Pumakatari, cuando los paceños decidimos no ser como solemos ser y nos convertimos en seres respetuosos, amables, sonrientes y llenos de besos y abrazos.

Ríos de gentes bajando y subiendo, parejas, familias, muchísimos niños. “No sé por qué otras veces no entran, si nuestras actividades son gratuitas, hay como una timidez, pero en esta noche todos se atreven”, comenta María, del Centro Cultural de España, ante la presencia de decenas de jóvenes que asisten al programa ofrecido. Casi todos son de las laderas, grupos alegres y comunicativos.

Las estadísticas cuentan 250.000 personas en las centenas de puertas abiertas, de escenarios callejeros, de disfrute de la cultura, el ocio, la comida, hasta las ofertas de los artesanos. En la Biblioteca Municipal vi diferentes colecciones, en la Alianza Francesa, fascinante exposición sobre los nuevos colonizadores.

Acaba de irse Luis Revilla, alcalde de La Paz, me dice una activista medioambiental, mientras la avenida Ecuador se abre como un espacio amazónico lleno de color, un bosque de papel, para recordar al Tipnis. Todo mensaje que defienda la vida es válido en esta larguísima jornada, ya contagiada al resto del país. 

La ministra de Culturas, Wilma Alanoca, es bien recibida en los sitios que visita. Los museos nacionales están abiertos, las academias militares, las embajadas amigas, los centros culturales, las fundaciones, el exclusivo Círculo de la Unión o la popular Jaén. Los policías cuidan, no reprimen.

¡Está es Bolivia!, me ilusiono. Una vez más la cultura recrea la utopía de un mundo fraterno, donde la ternura de los humanos se impone a pesar de los propios humanos.

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