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Existen tres tendencias en las que se encuentra la humanidad de características irreversibles y que plantean los retos que debemos enfrentar. La vida en ciudades, el paquete tecnológico ligado a la conectividad, las redes, la inteligencia artificial y la modificación genética, y, finalmente, el envejecimiento progresivo, por el incremento de años de vida de las personas.

Vistos en perspectiva, resulta imprescindible abrir el debate sobre cada una de ellas y las consecuencias que generan.

Estoy trabajando sobre las ciudades para tratar de compartir un fenómeno que está ligado al abandono de las áreas rurales, la presión de servicios públicos y la calidad de vida de las zonas urbanas. Resulta complicado hacerlo en un país como el nuestro por la resistencia acrítica y voluntaria de no querer aceptar una realidad universal y específica. La aceptación de que somos un país con población urbana, no tendría que entenderse como negación de lo rural o el desconocimiento de nuestras raíces étnicas y culturales; quiere decir simplemente, que el peso del gasto público y la inversión privada se realizará en donde se encuentra la gente, y eso no puede modificarse con discursos distractivos o decretos entusiastas.

Para ayudar a sincerarnos con la realidad, debemos modificar tres situaciones que pervierten la transparencia de la información poblacional y la aplicación de políticas públicas: dónde somos censados, dónde votamos y cómo está organizado nuestro sistema de representación electoral territorial.

Una población muy numerosa, el día del censo y como una forma de apoyar a su lugar de origen, regresa ese día al solar familiar para que la población no se vea disminuida, retornando al día siguiente a su lugar de trabajo habitual, y, por tanto, a su domicilio. El segundo es el conjunto de condiciones que genera el voto obligatorio de inscripción y consigna política, que produce el empadronamiento y traslado de votantes con fines electorales, modificando, otra vez, la verdadera ubicación física de la persona en el territorio.

Y la tercera es su consecuencia pues la conformación política del sistema parlamentario, al no corresponder a la realidad, no se conduele con las necesidades que se producen donde vive la gente. Y seguimos con un enfoque de las mayorías rurales y campesinas, confrontado artificialmente con las ciudades, mientras estas no pueden resolver temas tan elementales como la basura, el transporte, los mercados o la seguridad ciudadana. Y no hablemos de generación de empleo, cobertura real de servicios, calidad de vida, ocio productivo, espacios públicos dignos, que se expresan en la agenda urbana básica en cualquier lugar del mundo.

Una situación generada por esta tercera tendencia, está en el número de representación electoral y las disputas que se presentan regularmente por el crecimiento de población; a mayor población debiera producirse un incremento de representación parlamentaria, y viceversa de manera natural y automática considerando, como en todos los países, un número mínimo de diputados que no tendría que modificarse así no le corresponda la población.

El tema del empadronamiento electoral, censo y domicilio, que debieran ser uno solo, en los países organizados se resuelve de manera muy sencilla en el municipio a donde viven y trabajan las personas. Se supone que es ahí donde desarrolla sus actividades, paga impuestos, recibe servicios y demanda derechos, todo en el mismo sitio.

Algún día estos temas tan simples, se resolverán aplicando la tecnología adecuada que el mundo civilizado ha desarrollado en abundancia. Amén.

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