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Cuando el presidente Richard M. Nixon aprobó la grabación subrepticia de las conversaciones que tenían lugar en el Salón Oval de la Casa Blanca, su propósito era el de preservar materia prima que él luego utilizaría en la redacción de sus memorias. Nunca pudo haber imaginado que el descubrimiento accidental de las grabaciones llevaría directamente a su caída estrepitosa.

Tampoco pudo haber pasado por su cabeza que esas conversaciones grabadas iban a influir profundamente la versión histórica de manera perversa. Las cintas muestran sus actitudes y opiniones sin censura ni pulimento. Asimismo, abren una ventana hacia su personalidad cuando, por ejemplo, presentan su propensión a lanzar torrentes de pensamientos desconectados, muchas veces teñido con el lenguaje más vulgar y procaz, un vicio que sorprendió a muchos de sus admiradores que nunca lo habían conocido en privado.

Los comentarios de Nixon sobre sobre América Latina, en general, y el Cono sur en particular apenas figuraba en su pantalla de radar.

“La democracia no es para africanos ni para sudamericanos. Esos países son una tragedia”. Esto opinaban el presidente de EEUU y su secretario de Estado Henry Kissinger, según el registro de conversaciones privadas de más de 400 horas en la Casa Blanca, entre febrero y julio de 1971. El mundo se conmocionó al conocer los entresijos del poder en favor de las ominosas dictaduras militares.

Las grabaciones muestran su preocupación por Brasil y reflejan el pensamiento del inoxidable Kissinger, que creía que el régimen castrense instalado en Brasilia era la clave de la estabilidad del continente, pues ese “policía” poderoso cumpliría fielmente los mandatos de sus aliados en Washington. Nixon nunca se dio cuenta, porque pecó de soberbia, que los regímenes de facto no podrían mantener el orden ni detener el caos y terminarían siendo un mayor incentivo para que se buscara la salida democrática a cualquier precio.

Salvo en la sala de reuniones del gabinete, donde operaba en forma manual, en el resto de los casos, el sistema de grabaciones se activaba automáticamente con el vozarrón de Nixon, y se detenía treinta segundos después de que el primer mandatario dejaba el despacho. El sistema funcionó hasta agosto de 1974, cuando éste antes que enfrentar un juicio político decidió renunciar.

El escándalo del Watergate, (caso de espionaje político estadounidense, durante la campaña de las elecciones presidenciales de 1972), devino en un estallido contra el establishment y en un manchón indeleble que puso en entredicho el sistema de valores y principios que hasta entonces ostentaba la super potencia, al punto que el rotativo The Washington Post editorializó aquel día: “Se ha mostrado al mundo entero que no somos ni incorruptos ni modelo de transparencia y que tenemos que mirarnos permanentemente en el espejo de nuestros grandes forjadores, para no caer nunca más en este tipo de desmadre que nos avergüenza”. La llegada de Jimmy Carter al gobierno, con una férrea defensa de los derechos humanos, en 1977, le puso candado a las dictaduras latinoamericanas, dando paso a los partidos civiles y democráticos.

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