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15 de agosto de 2017, 4:00 AM
15 de agosto de 2017, 4:00 AM

“No importa cuán alto esté usted; la ley está por encima suyo”. Esta es la filosofía que inspira la sentencia del juez Moro contra el expresidente Lula por corrupción. Pero también es la postura de todo el sistema judicial y policial brasileño, que está dando lecciones al mundo, con demostraciones inequívocas de autonomía, profesionalismo y determinación de hacer su papel para moralizar la vida política y dignificar la función pública.

La operación Lava Jato y las sentencias de cárcel para políticos y empresarios conspicuos, tienen un impacto inusitado, y probablemente de largo plazo. Desde ya, las investigaciones y procesos judiciales abiertos en varios países de la región, hablan de un efecto dominó. ¡Enhorabuena! Si hay algo que puede devolver credibilidad y respetabilidad al liderazgo político, a los partidos y a las instituciones del Estado, cuya legitimidad está por los suelos, es una verdadera catarsis contra la corrupción sistémica y la impunidad que protege a los poderosos. 

Es notable, por ello, que las señales de regeneración institucional y política provengan del interior del sistema; en este caso, de los jueces y fiscales que se atreven a plantarle cara a la alta corrupción y a los abusos de poder. En medio de la crisis política e institucional que sacude a América Latina, emerge un poder judicial potenciado y renovado. Y ello ocurre –es otro hecho paradójico- debido también a decisiones de los propios políticos y los parlamentos, que, en su día, viabilizaron reformas legales que ahora se traducen en sistemas judiciales más fuertes o en curso de serlo. 

Al alcance de nuestra mirada está el camino que algunos países comienzan a transitar para enfrentar el flagelo de la corrupción. La lección de Brasil es que para combatir el delito y la impunidad no hay herramienta más eficaz que una judicatura independiente, profesional y competente. El día que en Bolivia tengamos un sistema así, habrá la certeza o la esperanza de que la ley no es solo una ficción y la justicia una quimera. Sé que hay quienes puedan pensar que ello no sucederá nunca. Pero, hete aquí la otra lección: un sistema judicial efectivo no surge por generación espontánea; es producto de cambios sustantivos, de mejoras continuas y progresos acumulativos, que trascienden a los gobiernos de turno, hasta que llega el día en que la judicatura vale por su propias virtudes y puede resistir los embates de un poder totalitario. 

El envilecimiento de la justicia boliviana no tiene por qué ser una fatalidad. Su regeneración es plausible en cuanto el liderazgo político de los pasos necesarios que conduzcan a su transformación. Y ello será tanto más factible –es la otra lección de Brasil- en la medida que la sociedad misma exija y ejerza presión sobre los actores políticos. Porque lo evidente es que sin una ciudadanía empoderada, bregando por una justicia proba e independiente, la corrupción endémica no tiene remedio, ni con este régimen ni con gobiernos de otro signo ideológico. 

¿Podrá la elección judicial de diciembre marcar un punto de inflexión, convirtiendo una actitud ciudadana pasiva y pusilánime en una fuerza social activa que a través de un contundente voto de rechazo, y no solo a los candidatos oficialistas sino a la continuidad de un sistema judicial colapsado y corrompido, provoque un tsunami político cuya significación no sea otra que un mandato de regeneración de la justicia, como el punto primero de una agenda de transición democrática?  

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