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Las parejitas adultas del expresidente

Diego Ayo 30/8/2020 05:00

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Imaginemos que Evo Morales la conoció con catorce años. Pero, como era un hombre maduro, sensato y ¡normal!, sentenció a sus acólitos: “debemos esperar”.  

¡Qué rico tipo!, consciente de que la señorita aún no tenía la suficiente edad legal como para ser su pareja: “nos amamos, pero debemos tener paciencia”, acotó con esa sonrisita tan propia de un enamorado. Gran tipo. 

Colmado de amor y dispuesto a esperar ¡cuatro años! Sí, mientras soplaba la velita 57 de su torta, se prometió a sí mismo esperar 1.460 días a que llegue ese hermoso instante en que ambos finalmente pudiesen darse el primer besito. Es cierto, mi enamoradito, el país se está yendo por la borda por la intolerancia de los neoliberales, pero si esa injusticia llega a consumarse, debes estar seguro de una cosa: ¡el amor siempre triunfa! Mientras tanto, a modo de facilitar tu espera, te hemos traído un grupito de chicas con 18 cumpliditos que llega a las 6:00 ¿ya?

Seamos sinceros, aún en ese caso de que esta historia relatada fuese verdad y sobresaliese una legalidad tan sensata con una señorita ya de 18 años, ¿estaríamos hablando de una persona/presidente en su sano juicio? Los dardos mediáticos apuntan al posible tiempo de ilegalidad y, por tanto, estupro, pero no abordan este tiempo de legalidad que deja un esmerado saldo: 42 años de diferencia entre el galán y la señorita. A ver, repita por favor, ¿de cuantito estamos hablando?, ¡42 años! Sí, ha escuchado usted bien.

Parece una broma de mal gusto ceñirnos a la discusión sobre la legalidad cuando observamos que el presidente de Bolivia estuvo a las 23:15 del día previo al onomástico 18 de la señorita, contando los minutos para abalanzarse contra la presa. 

Pero, ¿no es que el señor despertaba temprano para cavilar sobre el país y sus problemas neoliberalmente agrandados? Claro que no, contaba los segundos para que ella cumpliera su mayoría de edad (¿?)

En todo caso, hay algo que explica su predilección por las jovencitas: su personalidad autoritaria. ¿Cómo? Sí señor. 

¿Usted se imagina a Evo Morales debatiendo con su mujer la serie de televisión a verse en casa los siguientes días? Umm, no, y ¿usted se imagina a Evo Morales consultando a su señora sobre su parecer en relación a la relevancia de establecer lazos con Estados Unidos? Difícil. Evo no debate, no discute, no escucha. Tan solo decide. 

Y, claro, para consumar ese talante personalista lo que menos necesita es que además de los neoliberales, los cipayos del neoliberalismo, los separatistas/racistas del oriente, ¡su mujer más joda! Visto desde el lente patriarcal al que nos enfrentamos, es sensato que Evo haya buscado una niña de pareja, aun si ésta fuese ya una adulta de 18 años.

Es que, sepamos, no es un asunto sexual solamente lo que está en juego, es un asunto político. Y en la política, recordemos, solo mandaba Evo. He ahí el meollo de este asunto psicosocial: los arrebatos psicológicos no caminan por una senda paralela y diferente a la senda política.

Por ende, la vulgar posición de sus más acérrimas acólitas, Gabriela Montaño o Sonia Brito, de que “es su vida privada, no hay que meterse”, pasa por alto que el Evo presidente y el Evo amante son y solo pueden ser dos caras de una misma moneda. Su vida privada es y solo puede ser el espejo de una vida pública en la que el señor hacía lo que le daba la gana y todos aplaudían. 

¿Era diferente en este caso? No, la enferma risita cómplice de un Iván Canelas como conspicuo “conseguidor” de doncellas, la “inocente picardía” de sus siervos más leales de Generación Evo o grupículos fanatizados similares conmovidos con el “talento” del jefe: “qué capo el Evo, puro changuitas tiene che”, o la verborrea académica de sus “intelectuales” que hablaban sobre “cosas serias”, pero casualmente se olvidaban de estas travesuras, facilitaban que él hiciera lo que viniera en gana. Su predilección por las niñas tiene una historia pre-presidencial, pero no hay duda que el “todo-puedo” fue logrando que su añejo deseo se convirtiera en realidad y el “dañado” de antojo, se convirtiera en “dañado” de veras. 

Hoy solo lo sabemos, y lo podemos denunciar, porque ya no es presidente, pero no porque antes, y mucho antes, no hayan aflorado abundantemente las “dieciocho añeras”.

En todo caso, ¿lo hizo? Claro, con autos auto-robados, contratos a los parientes de la novia, pasajitos al extranjero y vaya a saber qué más, se metió al bolsillo a la jovencita. No con el diálogo, disputas, opiniones divergentes, incredulidad y duda, cuestionamientos. No. 

Jamás, aunque si lo logró con regalos. No es que no haya habido peleas propias de pareja, pero la forma en que resolvía sus disputas seguramente no rebasaba el clientelismo público exhibido en catorce años: “te doy, te callas”, les decía a los aliados, socios, llunkus y demás cuitas y ese mismo tenor expresivo se manifestaba en su relación: “te doy, te callas”.  ¿Qué resalta pues? El autoritario es autoritario: grita y ordena sin contemplación. 

El autoritario, sin embargo, también es autoritario mostrando docilidad y encanto, ¡mientras le favorecen calladamente! Recordemos: mientras Gabriela Zapata lo favorecía, recibía “regalitos” estatales, cuando lo dejo de favorecer se fue a la cárcel. Noemí aún lo favorecía. La cárcel podía esperar.