Opinión

Las ventajas de la pequeñez

26/3/2020 03:00

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Inés Zabalaga 

En estos tiempos de incertidumbre y cuando las circunstancias son más grandes de lo que imaginábamos, la sensación de estar desprotegidos y sentirnos vulnerables se vuelve cotidiana; casi podemos decir que es “lo normal” en la consideración del contexto. Sin embargo, estas son sensaciones que en seguida nos ponen en alerta, en defensa, no nos gustan y, por lo tanto, huimos de ellas improvisadamente o caemos inexorablemente en la desesperanza.

Hoy quiero compartir los beneficios de esta posibilidad como un lugar mucho más fértil de lo que imaginábamos también. La vulnerabilidad y la sensación de no saberlo todo, de no tener un plan absoluto, pueden ser aprovechadas como espacios de creación de soluciones inesperadas. Voy a explicarlo mejor y a continuación compartiré, a partir de esta idea, soluciones para todo tipo de situaciones domésticas, laborales, relacionales.

Cuando yo era una beba de 6 meses vivíamos en México y mis padres aprovechaban cualquier oportunidad del calendario para recorrer las playas de este hermoso país. Una vez, dice el cuento que me contaron, estábamos solo nosotros en una playa virgen, disfrutando del día. Yo estaba sentada jugando con la arena, justo a la orilla del mar y en un abrir y cerrar de ojos, me perdieron. No estaba más, chau bebé, el mar me llevó. Yo, la verdad, no recuerdo nada de esto, pero para ellos fueron minutos de espanto, buscándome en la inmensidad del agua revuelta por las olas. De pronto, el mismo mar me devolvió. Supongo que pasaron de la desesperación e impotencia al más rotundo agradecimiento por recuperar el cuerpo regordete todo revolcado y lleno de arena, de su hija viva. ¡Vaya segunda oportunidad! Imagino lo pequeños que se habrán sentido frente al mar como circunstancia inmensa.

Desde ahí, el viejo insistió en enseñarnos a relacionarnos con el mar con respeto y cuidado, pero sobre todo, asumiendo la pequeñez y la calma como herramientas fundamentales de sobrevivencia y gozo.

Quien ha pasado por debajo de olas inmensas sabiendo que pueden destrozarnos si no vamos lo más al ras del piso posible, con la mente en blanco, sin entrar en pánico, sabe de lo que hablo. De igual forma, si nadamos en el mar y nos cansamos, podemos entregarle el cuerpo a la fuerza del agua para que nos sostenga un ratito, ahí entonces flotamos para descansar antes de seguir. Y si nos estamos ahogando, lo peor que podríamos hacer es ofrecer resistencia en contra, moriríamos ahogados por la tensión innecesaria que resulta del pánico. Idealmente, en muchas ocasiones, relajarnos y flotar nos coloca en mejor lugar para resolver la vida.

Es estar en la inmensidad de lo que no depende de nosotros con plena conciencia en el presente, en presencia y en profunda conexión. Podría sentirse como un acto de fe en el bien mayor y también como una máxima vital: asumirnos pequeños y desde ahí participar de la situación con humildad.

Dije que esto serviría al propósito de acercar al lector a soluciones para los desafíos que plantea la nueva “normalidad” en tiempos del coronavirus y aquí va:

En cualquier situación, probar la pauta: 

1. Me detengo a escuchar. No hago otra cosa que observar la situación, tomo distancia y dedico un rato a observar cómo sería todo si yo no estuviese más ahí, y cómo cada cosa caería por su propio peso.

2. Respiro y honestamente me relajo, espero a estar en calma, como quien se prepara a entrar en acción y elijo entre mis opciones solo la mejor.

3. Confío en el bien mayor y doy solo lo que puedo y lo que es mejor y trae beneficios a la mayor cantidad de personas.

4. Agradezco por todo. Hay una perfección en participar reconociendo mi pequeñez, como una parte del sistema que hace su rol y recibo lo que es para mí, como si un día estuviese listo o lista para perderlo todo y sin embargo aquí sigo y aquí está todo lo que me rodea, como esa segunda oportunidad de recuperación. 

Cuando pude ver esta situación del coronavirus como veo al mar, reconocí una guía más clara de segundas oportunidades para promover una sociedad más consciente, más empática y por qué no, más feliz. Me vi pequeña y profundamente conectada con la abundancia. Sea lo que sea que me rodea, ser lo mejor para mi aumenta exponencialmente las posibilidades de que mis sistemas se comporten en consonancia con esa vibración porque mis sistemas reflejan como estoy y se comportan en reciprocidad.

Imaginé por ejemplo en las madres y padres de pequeños y pequeñas encerrados por semanas y no sabiendo qué más hacer, ¡para volverse locos!. Y pensé, va a tocar escucharlos más, tomar distancia y preguntarles más de lo que les decimos que hacer, tocará regalarles calma y darles confianza en lo que hacen, agradecerles por lo que traen a nuestras vidas, recibir sus ideas y soluciones, y creo que esto solo puede terminar en una mejor oportunidad de conexión con nuestros seres queridos y una construcción de una mejor sociedad. Sueño con ver niños y niñas gozar de un mundo sin contaminación y con padres y madres presentes y felices con lo imprescindible. Tal vez ser pequeños un rato nos convierte en grandes creadores de segundas oportunidades.









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