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Hace un tiempo atrás la prestigiosa BBC informo qué traductores contemporáneos habían encontrado más de 500 errores en la traducción de El capital de Carlos Marx que han confundido por décadas a los lectores de la obra en español.

La noticia hizo justicia con mi pasado revolucionario por qué confirmó mis sospechas de lector de los años setenta. En la época, participaba en un grupo de reflexión universitario que sagradamente, los días domingos en la tarde, leía obras de Carlos Marx, Federico Engels y Vladímir Ilich Uliánov vulgo Lenin. En particular nos sumergíamos con ahincó en las turbulentas aguas conceptuales de Das Kapital (El Capital) de Marx. Fieles a la época de los extremos, discordábamos de todo.

Sabíamos que donde había dos estudiantes, existían tres opiniones y debíamos demostrarlos en cada reunión. Un grupo leía El Capital de la editorial rusa Progreso y el otro confiaba en la traducción del Fondo de Cultura Económica (FCE).

La publicación del editorial Progreso era primorosa y elegante. Estampaba las ideas de Marx en finos papeles de seda casi transparentes. La versión de El Capital del FCE era más rústico, pero permitía hacer anotaciones en los bordes de las páginas. Para escribir este artículo revisé mi libro y constante, con nostalgia, como era mucho más atrevido en mis cuestionamientos.

Uno de los que más me gustó decía: “Carlos no termina de entender a Hegel”.

Años más tarde me enteré de que las delgadas páginas de los libros publicados por Progreso eran usadas para otros fines desdeñables.

Comprenderán que con los efluvios de la primera juventud entablábamos encarnizados debates sobre lo que Charlie, como lo llamamos cariñosamente en esa época, quería decir con sus endiabladas ideas: El fetichismo de la mercancía, la plusvalía, el valor de compra o la lucha de clases.

En un domingo de soponcio, ante el punto ciego que habíamos alcanzado en la esgrima de la tertulia, concluimos que había graves errores de traducción en las propuestas e ideas y atribuimos estos a qué - los lingüistas y traductores que habían pasado del alemán al español las tesis de Marx - eran pequeños burgueses contrarrevolucionarios que no podían deshacerse de sus complejos de clase y por supuesto, trasladaban su ideología a la traducción.

Además de no conocer a profundidad el alemán eran revisionistas.

Para subsanar este problema algunos amigos de este grupo entraron Goethe-Institut. E iniciaron la hercúlea tarea de aprender alemán. Habían comprendido, siguiendo al poeta y cantor brasileño Caetano Veloso, que solo era posible filosofar en alemán.

No se podía entender el materialismo histórico y dialéctico en idiomas que tenían palabras cortas. Por ejemplo, para decir Arbeiterunfallversicherungsgesetz el español necesita 5 palabras, a saber: Ley de compensación de trabajadores.

Mi querido padre saboteó mi tentativa de aprender el alemán. No me quiso financiar el curso si yo antes no terminaba el inglés del Centro Boliviano Americano. El grupo dominguero me acuso de revisionista.

Confieso que no sé, si mis dilectos camaradas del grupo de estudio aprendieron el idioma, pero les garantizo que abandonaron el marxismo a paso de parada. Ahora, está en duda si es que dejaron las ideas revolucionarias por la dificultad del idioma o por lo incomprensible que era Carlos Marx.

Los lingüistas contemporáneos, casi 40 años después nos dieron la razón a este grupo de jóvenes que se refugiaban en una casa en Sopocachi para leer y aprender marxismo. Nuestra ira revolucionaria se acentuaba más aún cuando leíamos manuales como: Los Conceptos Elementales del Materialismo Histórico de Marta Harnecker o el Manual de Economía Política de Petr Ivanovich Nikitin Ambas obras que pretendían hacer más comprensible la esencia del pensamiento de Carlos Marx.

Por supuesto, no lo lograban, sino contrariamente nos impulsaban no solamente aprender alemán sino también ruso porque sospechábamos, con incontestables evidencias, que si los lingüistas de derecha traducían mal a Marx ciertamente cometerían travesuras peores con el pensamiento revolucionario de Lenin.

Sólo uno de los lectores de domingo tomó a pecho en aprendizaje del ruso y se fue a vivir a Moscú. Lo perdimos de vista. Las malas lenguas afirmaban que traducía telegramas de los Partidos Comunistas de América Latina del español al ruso.

Me lo encontré en los años dos mil en una feria en Londres donde tenía una pequeña tienda que vendía souvenirs de la desaparecida Unión Soviética.

Ofrecía gorras y chaquetas del glorioso ejército rojo, diferentes medallas al valor del nuevo hombre, bustos de Marx y Lenin cuyas cabezas se movían y libros de la editorial Progreso, entre ellos Das Kapital, que cuando abierto tenía sus hojas de papel seda perfectamente cuadriculadas, finamente perforadas y listas para hacer cigarros. Me confesó que se había fumado el primer volumen del El Capital y por fin lo había entendido.

Gonzalo Chávez es Economista

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