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7 de septiembre de 2018, 4:00 AM
7 de septiembre de 2018, 4:00 AM

Se desgarra la camisa el presidente, llora el gobernador y dice el intendente: “no fui yo”. Los transeúntes se abrazan incrédulos y decenas de estudiantes suspiran nostálgicos. Ya es tarde. El fuego consumió el más grande y más antiguo museo de Río de Janeiro y el más emblemático para la historia brasileña.

¿Quién tuvo la culpa? ¿Una chispa, el bombero ineficiente, el clima, los materiales? No. Esta es la típica historia de muchos responsables que recortaron día a día el presupuesto para la cultura, para la preservación de la memoria y politizaron el arte.

¿Cómo andamos en Bolivia?

A nivel nacional, la tristeza es inmensa. Un vicepresidente se casa en medio de ruinas milenarias; una ministra prioriza fondos para un oscuro repositorio de camisetas sudadas; una fundación cultural al servicio del oficialismo y otras obras descuidadas.

A nivel departamental son pocas las actividades, ninguna de gran impacto.

A nivel local, solo el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz aumenta los gastos destinados a la creación, abre nuevos escenarios, tiene bibliotecas y archivos bien ordenados y auspicia semanalmente festivales y presentaciones. Sobre todo, es el único que aprobó una Ley de Culturas consensuada con los propios y diversos interesados.

En cambio, la ciudad más habitada, Santa Cruz de la Sierra, no tiene ni un teatro municipal, ni los equipos modernos para acompañar artes escénicas. El alcalde Percy Fernández no da importancia al quehacer cultural y en los últimos días una burda valla de escudos policiales intentó esconder la marcha fúnebre de los artistas desamparados.

Después se quejarán de cómo se descuidó la cruceñidad, de cómo se confundió el preparar horneado con la dramaturgia, de cómo brilló la miss mientras faltan salones para los artistas plásticos. ¡Será tarde!

Santa Cruz cultural depende del amor de entidades de la sociedad civil que apuestan a diferentes propuestas, conscientes de que la cultura es lo que salva a los pueblos, la cultura ligada a la belleza y al deicidio. Colombia no se hundió bajo el narcoestado porque preservó sus libros y fomentó a los artistas.

Visité hace unos meses los museos en Cochabamba. Salvo la oferta de Portales, el descuido es inmenso, aún en el museo que alberga la Universidad Mayor de San Simón, la Casa de la Cultura, el Museo D’Orbigny, lleno de maleza.

La Alcaldía de Sucre no compra hasta ahora un panel de luces y otros insumos imprescindibles para una buena presentación en el Teatro 3 de Febrero. Hace años que dejó de brillar el otrora famoso Festival de Cultura. En Beni y en Potosí hay más esfuerzos privados, tanto en la capital como en las provincias.

Tarija está mejor por la actividad que desarrolla la Casa Dorada y otras instancias. Sobre todo, porque -todavía- el gran guardián de su memoria está en manos de los franciscanos que, celosos, preservan cada documento, bordado, pintura o candelabro.

Los municipios podrían darse cuenta de que, más que cemento, el ciudadano quiere esparcimiento, áreas verdes y mucha música, pintura, danza, teatro, y también silencio, calma para su alma herida por la rutina y las bocinas.

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