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1 de junio de 2018, 4:00 AM
1 de junio de 2018, 4:00 AM

Hace unos días, en un evento llevado a cabo en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, me reuní con líderes de opinión e intelectuales de Bolivia y el extranjero, entre los que había columnistas, politólogos y empresarios, para hablar sobre el liberalismo en el país. Bolivia necesita debate y mucha polémica (en el sentido elevado de este término). Necesita remover el agua estancada que hay en todas partes. No solo el periodismo está para ello, sino cualquier plataforma que sirva de congreso para quienes viven inconformes con el sistema; cuando las personas debaten con altura, esgrimen el arma más contundente que tiene el hombre: la palabra. Y eso fue justamente lo que hicimos en esas intensas jornadas.

Ante todo, es necesario purificar conceptos que a lo largo del tiempo se han ido manchando; uno de estos conceptos es el del liberalismo. ¿Qué es liberalismo? En esencia es libertad, como su raíz semántica lo sugiere. El liberalismo tuvo grandes teóricos, entre filósofos, economistas, sociólogos e incluso sicoanalistas, pero lo que se ha ido construyendo como teoría pocas veces se ha visto plasmado en la realidad; con todo, el liberalismo siempre ha estado, en la realización práctica, más próximo a su doctrina teórica que otras corrientes como el marxismo, que nunca ha concretado un maridaje entre teoría y práctica.

Se pueden plantear muchas preguntas, como, v. gr., ¿ha sido la Revolución Nacional -grande en su propósito inicial- bien concluida en el sentido que tiene un cierre que demuestra que un ciclo o un paradigma cumplió una función histórica? O ¿qué impacto tuvieron las dictaduras militares en la concienciación colectiva de la palabra libertad? O ¿cuál es el valor del Decreto 21060 en nuestros días? Todas esas preguntas, planteadas al azar, tienen que ver con el liberalismo, aunque una de ellas está más relacionada con el libertarismo.

A comienzos del siglo XXI hubo en Bolivia, y en varios países de la región latinoamericana, una tentativa de renovación: el socialismo, un socialismo que muy poco tenía de las ideas científicas de Marx, Engels y Lenin, y que, paradójicamente, tenía más de las ideas de Saint-Simon e incluso de las de San Agustín (quizá esté ahí el porqué de su frustración). En nuestro país se presentó como un cierre del nacionalismo del 52, porque no cabe duda de que el proceso que hoy se vive es hijo de la Revolución Nacional. A lo que deben apuntar los políticos de mañana es, en realidad, en un sentido profundo, a cerrar debidamente ese proceso, a concluir históricamente lo iniciado hace casi setenta años.

Hemos de empezar la obra de renovación, pero con ideales. De nada sirve el afán de renovación de personas pero carente de principios. Nuestros confines no deben ser los del recambio del poder por el recambio mismo, sino los del recambio de ideas y principios.

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