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Licencia de conducir

Hugo José Suárez 23/2/2021 07:01

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Estaba esquivando el trámite, pero ya no puedo más: tengo que sacar mi licencia de conducir. Sabía que iba a ser engorroso, seguramente por eso encontraba buenas razones para patear la pelota adelante. La situación se complica porque mi último brevete boliviano venció hace un par de décadas. Un día me armo de valor cuando han disminuido los contagios por Covid, y voy al tránsito.

Una amable señorita me dice que primero tengo que pasar un examen teórico y práctico, para lo cual debo inscribirme en una escuela de conducción. Averiguo cómo funciona el asunto de la tal institución: primero requiero un certificado médico de un centro autorizado (no cualquier doctor, claro). Voy a hacerme el estudio, por suerte no tarda mucho, sólo un poco más de una hora. Se toman muy en serio el test psicológico, me hacen memorizar objetos, contar de manera descendente con los brazos extendidos, me preguntan cosas con respuestas obvias y al final me la psicóloga emite su sentencia: “usted es apto para conducir”, me siento feliz. El estudio físico es menos riguroso. Eso sí, me hacen examen para confirmar el tipo de sangre que tengo -dato que lo sé hace cuarenta años-.

Me falta el último paso para dar el primer paso: pagar. Voy al banco al día siguiente a las ocho de la mañana y despacho la transacción más o menos rápido. Luego de dos días de andar por oficinas quitándole tiempo a mi trabajo, próximamente voy a poder inscribirme al curso.

Es impresionante la capacidad burocrática de nuestro país. Recuerdo que cuando murió mi padre, mi mamá ocupó varias vacaciones para arreglar los derechos sucesorios, correteando semanas enteras entre oficinas, papeles, sellos, bancos.

Hace unos meses renové mi Cédula de Identidad. Fue ágil, sencillo, rápido, eficiente, sin duda mejoró el servicio. Recordé mis primeras veces con la misma misión. Eran días enteros entre impresiones digitales, fotos, firmas, números en el pecho. Todo en un incómodo galpón cerca de la Plaza Murillo.

En Bolivia los trámites son una manera de socialización de las formas del Estado. La primera vez que saqué mi Carnet, fue un rito inicial, era como si la sociedad me dijera: “este es tu país, este es tu Estado, esta tu burocracia, vete acostumbrando”.

En fin, les decía que empiezo el largo proceso de tener otra vez permiso boliviano para conducir. Me arrepiento de no haberlo renovado cada que venía de vacaciones para evitar este momento tedioso. Pronto haré mi examen teórico-práctico, dicen que es tenebroso, les contaré cómo me va.

Olvidaba un detalle: manejo vehículos desde hace más de treinta años, mi último permiso lo gestioné en la Ciudad de México, es perpetuo, no tuve que someterme a prueba alguna, y todo demoró un par de horas. ¡Qué cosas!

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