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Se dice que el liderazgo es el conjunto de habilidades para influir en la forma de ser o actuar de las personas, haciendo que participen activamente en el logro de determinadas metas. Esto, al parecer, es inobjetable, si se concibe al conductor como representante de las aspiraciones de un pueblo. Pero hay ejemplos que muestran que algunos de estos líderes, en su fracaso arrastraron a sus pueblos a la derrota y al sacrificio.

“Nadie ha logrado explicar jamás cómo una persona tan insignificante como Hitler pudo ejercer una influencia tan monstruosa sobre los alemanes…”. Mussolini fue “un antiguo maestro, empezó como propagandista del partido socialista”, haciendo que “el fascismo creciera como parásito del socialismo”. Stalin, pese a que León Trotski fue “la cabeza más brillante del partido” comunista, fue el que, a la muerte de Lenin, forjó “una de las tiranías más sangrientas y terroríficas que el mundo ha conocido…” (Dietrich Schwanitz. La Cultura. Editorial Taurus. 2003).

En nuestra región hubo muchos líderes sanguinarios, ignorantes y corruptos. Algunos pagaron con su vida el mal que hicieron; como Trujillo y Somoza. Pero es cierto que los pueblos suelen tropezar con la misma piedra. Y se repiten los caudillos que, pretendiendo ejercer un liderazgo con futuro honroso, llevan a sus pueblos a la desesperación. Nadie puede ignorar las tragedias que sufren Venezuela y Nicaragua, con líderes empeñados en perpetuarse en el poder, con el sello de un populismo intolerante conducido con prepotencia e ignorancia.

Hubo caudillos que abusaron de la riqueza de su patria. Ahora, cuando se ha vuelto a la realidad, estos persisten en mantener la bajada incontenible de su economía y recurren a la falsedad y al absurdo, crean atentados, acusan a otros por sus fracasos y reprimen a los adversarios; es el signo distintivo del liderazgo populista. Es más: inflan el Estado con el propósito de dominarlo todo. “No hay populismo sin la figura del hombre providencial que supuestamente resolverá los problemas del pueblo” dice Enrique Krauze en su Decálogo del populista. Añade que es ‘inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica” y que “requiere señalar chivos expiatorios para los fracasos”, a la vez que procura “desviar la atención interna hacia el adversario de afuera”. Esto, aquí, ya está a la vista.

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