Opinión

Linchamientos virtuales

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25 de marzo de 2017, 4:00 AM
25 de marzo de 2017, 4:00 AM

En los últimos años, los linchamientos se convirtieron en hechos más comunes de lo que quisiéramos. Tras estos actos están la irritación y la frustración hacia los sistemas de justicia, sean estatales o tradicional-ancestrales, que no pueden satisfacer las demandas de justicia y reparación.

Estos sucesos, en muchas ocasiones, son espoleados por causas ajenas a la justicia como el racismo, prejuicios de género, odios religiosos o animadversiones políticas. Aquello ha encontrado en internet un espacio idóneo para manifestarse, pues a menudo todo tipo de actos reprochables quedan impunes en este medio. A diario somos parte –como víctimas, ejecutores o espectadores– de linchamientos virtuales que se despliegan en las redes sociales con virulencia. Rumores, comentarios malintencionados, fotografías, videos, audios y los ubicuos ‘memes’ se expanden en segundos para acusar sin prueba o juicio alguno, arruinando instantáneamente la reputación de cualquier persona. Acusaciones, insultos e incluso amenazas de muerte colman los comentarios en las redes sociales, donde cada vez se hace más difícil mantener una conversación racional. Los inadaptados ni siquiera se molestan en esconder su identidad, porque se sienten amparados en la impunidad virtual.

Las mujeres son víctimas sistemáticas y recurrentes de estos linchamientos. Por lo general, son castigadas con mayor severidad por usuarios y usuarias que pretenden imponer formas de ser, pensar y actuar, fundamentadas en prejuicios que quieren erigir como universalmente válidos. Allí los linchamientos virtuales se normalizan y justifican bajo una interpretación obtusa de lo que es o no la moralidad. 

Umberto Eco decía al final de sus días que las redes sociales dan derecho a hablar a legiones de idiotas. En sentido figurado (o quizás no tanto) señalaba que los idiotas antes vociferaban en el bar, sin dañar a la comunidad, pero que ahora lo hacen a través de las redes sociales. Con amargura, el autor reconocía que aquel parroquiano ahora “tiene el mismo derecho a hablar que un premio nobel”. Los temores de Eco no son sino corroborados con los linchamientos virtuales 

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