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El reporte de 913 nuevos contagios de coronavirus en Bolivia, de los que más de 600 corresponden al departamento de Santa Cruz, permiten asumir que ya se ingresó a la peor etapa, parecida a la que vivieron otros países con realidades dramáticas que nadie quisiera padecer. Uno de estos es Perú que, a pesar de la temprana cuarentena, ocupa el segundo lugar de infectados en América Latina y el octavo a escala mundial.

En el vecino país hay más de 220.750 contagiados y la cifra de fallecidos llegaba a 6.308 hasta el sábado. Aparte de tener saturados sus hospitales, ahora la población padece la escasez y especulación de oxígeno, lo cual genera angustia y dolor en los pacientes y sus familiares.

Perú está al lado de Bolivia y tiene realidades similares a las de nuestro país. Estudiosos peruanos explican el desacato a la cuarentena en cuatro factores: la informalidad de la economía, la aglomeración en los mercados, la presencia masiva de gente en los bancos y el hacinamiento en las viviendas. La progresión de casos ha sido exponencial, como es también en la realidad boliviana.

Solo para tener una referencia. El coronavirus llegó a Bolivia el 10 de marzo con los dos primeros casos. El 10 de abril sumaban 275. El 10 de mayo la cifra se había multiplicado por 10, llegando a 2.556. El 10 de junio, el nivel de contagio llegaba a 15.282 y dos días después a 17.842. La progresión es exponencial y seguirá subiendo de manera acelerada si se mantiene la conducta y la estrategia como hasta el momento.

En Bolivia también reina la informalidad de la economía (más del 70%), como efecto de políticas económicas que se arrastran de hace décadas y que fueron profundizadas en los últimos 14 años, porque era más cómodo para el gobierno promoverla en vez de generar un esfuerzo para la generación de empleos dignos. Eso significa que la mayor parte de la población vive al día y necesita salir a vender productos o servicios.

Otro factor que ha causado la expansión del Covid-19 en Perú es la aglomeración de gente en mercados y bancos, igual que en Bolivia. Esto tiene que ver con la cultura ciudadana y con la minimización del riesgo de contagio. Aún se puede ver a gente que usa barbijo por debajo de la nariz o que carece de alcohol para limpiar las manos, así como a muchas personas que no mantienen la distancia social. 

A lo anterior, en Perú y en Bolivia, se suma el hacinamiento en las viviendas. Debido a las condiciones culturales y económicas, hay muchos hogares en los que vive la familia ampliada, con muchos habitantes en pocas habitaciones, lo que impide el aislamiento en caso de tener síntomas o ser portador del virus.

En suma, están dadas las condiciones para que Bolivia tenga una realidad similar a la de Perú en cuanto a contagios, con el agravante de que en nuestro país hay una mayor precariedad en los hospitales y en toda la red de salud. Sirve mirar la dramática realidad del vecino para tomar conciencia de los riesgos que están en nuestro medio.

Es fundamental la responsabilidad individual, porque nadie más que uno mismo puede protegerse del contagio. Sin embargo, urge también replantear la estrategia estatal de combate al Covid-19. A diferencia de Bolivia, en Perú se han hecho más de 1,2 millones de pruebas para detectar el virus. En nuestro país el número es mínimo y eso hace pensar que el número de contagios es mucho mayor que el informado oficialmente. De ser así, sin datos reales está también fuera de la realidad la estrategia que se mantiene desde el Estado para combatir la pandemia.

En Trinidad se hizo un rastrillaje, casa por casa, para detectar contagios y los hallazgos fueron sorprendente. En Santa Cruz se está haciendo lo mismo, pero es urgente sumar fuerzas porque esta es una urbe extensa y con gran cantidad de habitantes. Es importante esta tarea porque no todos los que tienen síntomas pueden acceder a las pruebas, ya sea por precio o porque son escasas y los laboratorios donde se las procesa están colapsados. Será importante detectar pacientes en estadíos tempranos de la enfermedad para atenderlos sin que tengan complicaciones que los lleven a los hospitales ya colapsados por el mal.

El Gobierno prometió la compra de pruebas, pero aún no llegan las necesarias ni ha cambiado la política de aplicarlas de manera masiva. Quizás es tiempo de cambiar de estrategia. La ola se convierte en tsunami y en Bolivia aún no estamos listos para no sucumbir ante el problema.