Opinión

Llorar por Barcelona

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21 de agosto de 2017, 6:37 AM
21 de agosto de 2017, 6:37 AM

Parece tan lejos hasta que le toca a un lugar que conociste, que caminaste por ahí, a una ciudad donde tienes amigos. Los terroristas esta vez han apuntado contra Barcelona y lo han hecho con el arma criminal de subirse a un vehículo, acelerar y atropellar a las personas que estaban paseando por La Rambla, ese paseo amigable que nace en las puertas de la plaza de Cataluña y termina a los pies del monumento a Cristóbal Colón, desde donde se mira el mar con ojos inocentes, el Mediterráneo ondulante que ahora debe estar callado, masticando el duelo desgarrador por las víctimas del cáncer terrorista.

Fue el pasado jueves negro. La noticia saltó a los diarios en minutos: “El conductor de una furgoneta se había subido a La Rambla y arrollado a decenas de personas. Decían que 50 estaban heridas, 15 de ellas graves, y que había 13 víctimas fatales”. Todo pasó en poco tiempo, en un trayecto de 500 metros, desde la calle Pelayo hasta la altura del colorido mercado de Boquería. Una vez más, los carniceros del Estado Islámico se atribuyeron el atentado. 

En Bolivia también se preocuparon. Se preocuparon los que tienen familiares o amigos. El teléfono los unió una vez más. Las redes sociales fueron el punto de encuentro para saber de ellos, para enviarse un mensaje, para lanzar algún dato tranquilizador. 

Lorena Martínez escribió: “Mamá, papá. Estoy bien. Hoy era mi día libre y no fui a trabajar. Hoy no fue necesario caminar por La Rambla”. Angelita Vargas envió este mensaje: “Hoy me quedé un poco más en el trabajo, hoy no pasé por allí”.  Otros mensajes decían: "Yo pensé que era una película. No podía creer lo que pasaba". "Un horror. Se viven minutos con temor. Dios protégenos". Al final de la tarde de ese jueves alguna autoridad boliviana en Cataluña informaba de que ningún boliviano resultó víctima del atentado.

Ese dato, que era importante, no cesaba el dolor por lo que había pasado allá. Solo bastaba con ver las fotografías que salían en caliente: un grupo de personas permanecía dentro de un bar a la espera de que la Policía les autorice a salir. Ojos sombríos, miradas en el vacío, cubiertas por el miedo, por el acto cobarde de unos verdaderos hijos de puta. 

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