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Lo que hemos perdido

Fernando Prado Salmón 15/3/2021 05:00

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La consecuencia más grave de estos 15 años y de la que menos se habla es la degradación del capital humano.

Ya está reconocido hasta por los mismos masistas que la experiencia política de 15 años ha sido marcada por un enorme derroche de muchos miles de millones de dólares, en obras inútiles y sobredimensionadas, negocios, industrias a pérdida, monumentos y regalos que no han dejado nada al país, o mejor, han dejado deudas que se deben pagar y empresas deficitarias que se deben mantener.

También es cierto y difícil de negar que durante esta desafortunada experiencia la república se ha desinstitucionalizado, y valores tan importantes y tan fatigosamente ganados como la separación de poderes, una justicia independiente, la ocupación de los cargos con funcionarios que puedan mínimamente entender que responsabilidades están asumiendo, la descentralización del aparato estatal y muchos otros han sido persistente y sistemáticamente pisoteados, hasta no dejar rastro. Y sin embargo hay hasta una escuela en la economía, denominada la Escuela Institucionalista del economista Douglas North que sostiene que lo que genera desarrollo y progreso es básicamente la fortaleza institucional de un país. En ese sentido hemos remado contracorriente y tenemos un país institucionalmente destruido.

Pero la consecuencia más grave de estos 15 años y de la que menos se habla es la degradación del capital humano y social por la desaparición de valores, principios y actitudes dificultosamente incorporados durante siglos en la vida social y republicana para la convivencia y que eran los que nos garantizaban avanzar hacia un desarrollo humano y social aceptable.

Es obvio que esos valores han sido abandonados para poner en marcha el “proceso de cambio” en el entendido que los mismos no son necesarios, y hasta frenan este nuevo proceso. Con el fin de consolidar el cambio político, cultural y de elites, sostienen, no se necesitan esos valores, es más, valores como las capacidades personales, la moral, la ética, la verdad, el orden institucional, el respeto, la disciplina, estorban, frenan el ascenso social y personal sobre todo de sus cuadros dirigenciales. Para este nuevo contexto, se sostiene, se necesitan actores agresivos, aguerridos, no necesariamente honestos y para quienes el fin justifica los medios dejando a un lado lo que denominan “escrúpulos pequeño burgueses”. Ese es el “masista tipo” que se ha construido.

Es importante anotar que esta “liberación de las normas éticas” abarca sobre todo a miembros de la clase media baja urbana, con tendencia a ampliarse a otros grupos sociales, aún a las comunidades indígenas de oriente y occidente las cuales, es sabido que han mantenido y mantienen sus valores y sus tradiciones incólumes.

Pero la historia enseña que después de una ruptura, que puede ser una revolución, una guerra o grandes desastres naturales, para reconstruirse, una sociedad necesita promover una serie de valores que serán indispensables para la convivencia y el futuro desarrollo. Esos valores deben ser construidos y ampliamente compartidos pues serán el cemento de la nueva sociedad. Damos como ejemplo la valoración de las capacidades, el pago de impuestos, la honestidad en la administración, el abandono de la violencia etc. Si el MAS no logra entrar en este proceso de construcción estatal y social, su régimen está destinado a desaparecer, como desaparecen los ultras de todas las revoluciones mal conducidas.

Mientras tanto, así como están las cosas, tenemos una nación moralmente destruida, sin el menor atisbo de que la cosa preocupe a los responsables. Pero hay una esperanza: una sociedad civil organizada en redes, plataformas, colectivos y mil formas más que, sin duda, después de muchas peripecias tendrá la capacidad de reencauzar a la compleja sociedad boliviana.



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