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9 de abril de 2017, 4:00 AM
9 de abril de 2017, 4:00 AM

Ganó el candidato del ‘correísmo’ en Ecuador. ¿Qué puede significar esto? No lo sé a ciencia cierta. Pero algo sí sé: lo que sin lugar a dudas esta elección no significa.


Sé que no significa la victoria de la Patria Grande como señalan algunos bravos revolucionarios: “sumamos acá en Ecuador, sumaremos con la vuelta de Lula, a Macri le daremos duro en las elecciones legislativas, Maduro resistirá y ya está: la Patria Grande de vuelta”. Parecería una cuestión de sumatoria, donde el combo de tres o seis miembros haría variar el asunto. No creo, que sean dos o siete subidos al carro ‘progresista’ igual van a estar jodidos. En Ecuador la deuda ha crecido, la economía va ‘chinificándose’ a galope, las inversiones decrecen, los expobres vuelven poco a poco a ser pobres, las exportaciones ya no generan lo mismo que en la época de bonanza, etc.

¿De qué sirve que sean ‘t´ojpa’ de izquierda? De nada. En todo este periodo de jauja, los enlaces comerciales dentro de los países del socialismo del siglo XXI no sobrepasaron el 15% del total comerciado tradicionalmente e incluso bajaron al 12%. El cuento de que hay más comercio y unidad gracias a la Patria Grande es eso: cuento. Lo pone en evidencia el politólogo argentino Malamud para quien ni Unasur ni la ALBA ni el Celac tienen visos de continuar. No hay solución conjunta. Cada país está librado a su propio martirio. El de Ecuador no será menor. 


Del lado inverso, sé que esta elección no significa que el periodo de repliegue de esta izquierda se ha parado. En realidad, nunca he creído en esa lógica sustitutiva: hasta acá estuvieron los gobiernos de izquierda y ahora toca otro periodo: nuevos gobiernos de corte inverso. Creo que esta idea lleva a que se apoye a cualquiera que no sea del combo ‘progresista’. Y eso no es sano. Lo demuestra Ecuador. No necesariamente apoyar a un candidato anticorreísta basta. “Che, hermano, pero es del Opus Dei y es un especulador… no importa, hermanito, es el que hay y ya”. Por otra parte, lleva a que no entendamos lo principal: esta idea de que la izquierda gobernó esta década tiene más de retórica que de realidad.

Gobernaron modelos autotitulados de izquierda que resultaron ser diferentes entre sí. Y eso no es lo más notorio. Gobernaron, autonombrados como izquierda, regímenes corruptos y autoritarios. Por eso cuando se insiste en esta rotación de periodos como si fuese un duelo de izquierda versus derecha, se obvia lo fundamental: la dualidad en juego es otra, es entre autoritarismo y democracia, corrupción y transparencia e incluso dignidad e indignidad. 


Esta elección tampoco significa una victoria de clase. La victoria de los pobres sobre los ricos. Hay un analista del Facebook (‘progresista’, claro) que a la pregunta: “¿por qué no votarías por Lasso?”, dice sin desparpajo: “Porque es banquero”. ¡Hum! Es aquí donde veo lo más sobresaliente de Ecuador: la posibilidad de que el banquero se alíe, por ejemplo (e incluso), con facciones maoístas. Eso no sería posible desde el punto de vista ideológico al que apela este antibanquero. Pero sí lo es desde el punto de vista de los valores. Y es que se puede ser digno siendo banquero o campesino. Es eso lo que estaba en juego en Ecuador, no si se es de izquierda o derecha. Y, en el peor de los casos, primó un hiperpragmatismo en busca de soluciones a la vida. No estuvo pues en juego tampoco la defensa de un clasismo endogámico, sino de una sociedad práctica. 


También sé que esta elección no significa que hubo fraude como quieren pintar no pocos anticorreístas. No hubo fraude. Pero eso no debe llevar a esa histeria procorreísta desplegada en el Face que se jacta a lo bestia de ese logro: “ve que somos bien demócratas”. Si bien es cierto que no hubo fraude y que parte de su histeria de final de carrera es justificada, se olvidan que la manipulación electoral se manifiesta de diferentes formas: con amedrentamiento y abuso mediático, clientelismo, copamiento institucional (por ejemplo, del Consejo Nacional Electoral) y demás aspectos que ponen en evidencia que de eso hubo mucho en Ecuador. Por eso nuestros repentinos demócratas (“todo fue transparente”) matan dos pájaros de un tiro: quedan finos y acertados, por un lado, y, por otro, nos hacen olvidar todo ese montaje no democrático que rodea este contorno electoral.

 
Y, por último, esta elección no significa la necesidad de “ser más moderados. Hay que mostrar las cosas buenas del correísmo. En eso han fallado”. No, esa sentencia solo da cobertura a los pusilánimes de toda laya para que sigan bregando por el besito fraternal con el oficialismo. Pues no: si ese argumento fuese válido, habría ganado Panco Moncada, el ex alcalde de Quito, que llamaba a “reconocer los avances de la Revolución Ciudadana”. No, la claridad en la denuncia a la ineptitud, corrupción y autoritarismo gubernamental fueron destacables en el caso de Lasso. Lo que muestra que no ser moderado no significa ser violento. Significa no transar con el desfalco, la altisonancia discursiva solo equiparable a la falta de respeto por las leyes y el huevo autoritario cubierto por un cascarón democrático 

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