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4 de septiembre de 2018, 4:00 AM
4 de septiembre de 2018, 4:00 AM

El jueves en la noche una multitud de gente joven, a la que le importa el arte, se lanzó desde la biblioteca pública hasta la plaza 24 de Septiembre llevando un ataúd con la cultura muerta. Reclamaba transparencia, presupuesto y predisposición hacia el arte de parte del municipio. Al llegar a la alcaldía, donde las autoridades disfrutaban de la tradicional retreta musical, detrás de una verja bien firme, un ejército de gendarmes alzó grandes cartones blancos. Se supone que fue con el propósito de que nuestro querido alcalde no vea este “brutal y maleducado” reclamo de los jóvenes.

Se dice que el sol no se puede tapar con un dedo. Igual no se puede tapar el reclamo de los resilientes para el desarrollo artístico con unos cuantos cartones.

No sé quién fue el que dio la instrucción de tapar la vista de las autoridades hacia la realidad, pero supongo que no fue un performance creativo, sino una falsa ilusión de proteger al alcalde del pueblo para ahorrarle esta preocupación más, que es del desarrollo cultural.

Seamos sinceros, bailando taquirari al estilo un poco cojito como es la moda ahora, al son de unos bafles ruidosos (después de haber perdido toda la colección de instrumentos nativos rescatados por Yolanda Cabrera), admirando la reina del Carnaval en su carísimo plumaje y haciendo cursos de horneado de cuñapé no vamos a poder satisfacer el tremendo y multitudinario deseo de miles de jóvenes con aspiraciones de educación y superación.

Los changos hacen grafitis para embellecer las paredes despintadas de sus barrios lejanos, bailan rap con sus radios, tocan guitarras eléctricas, algunos estudian cosas extrañas como Filosofía, van a cursos de literatura, escriben poesía y sus hijos se visten de Spiderman y no de Mojón con cara.

Si la Casa de la Cultura no fuera municipal, los actores de teatro conseguirían alguna fecha libre, no tendrían que pagar de sus bolsillos a los empleados las horas extra para que les prendan los reflectores y abran las cortinas porque como municipales trabajan en horario de oficina.

Los músicos y las orquestas no tendrían que presentarse en iglesias y hoteles de cinco estrellas. Y quizás los premios de los concursos se pagarían antes de que transcurra un año. Supongo que los pintores no tendríamos que pagar los focos de las salas de exposición para que los cuadros se puedan ver. No quiero seguir enumerando estas tristes injusticias culturales con las cuales los tentáculos burocráticos mataron de a poco a las iniciativas artísticas verdaderas.

Creo que llegó la hora de dejar de levantar los cartones para proteger al alcalde y sentarnos juntos artistas y autoridades para parir una ley de cultura, para que la plata llegue a las manos de quienes verdaderamente la hacen.

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