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Hay épocas del año en las que las personas mayores, supuestamente más sabias, ofrecen consejos, sin importar si son solicitados o no. Estas perlas sobre nuestra experiencia laboral son lanzadas hacia los graduados que están buscando trabajo o dando los primeros pasos en sus carreras profesionales.

La graduación de los más jóvenes es una oportunidad colectiva para pensar en nuestra juventud: un momento de promesas frescas, sin hipotecas ni responsabilidades. Los consejos sobre las carreras profesionales y los exámenes son (en su mayoría) bien intencionados, ya que reconocen lo difícil que es para los jóvenes saber cómo navegar el comienzo de una carrera.

Pero a menudo esos consejos no han sido solicitados. Solo hay que recordar la escena de la película El Graduado, cuando Benjamin Braddock (Dustin Hoffman) enfrenta una cola de amigos de su padre listos para decirle qué debe hacer con su vida: “Hay un gran futuro en plásticos. Piénsalo. ¿Lo pensarás?” Los adultos consideran que ha sido útil. Él no.

Peor quizás son los consejos no solicitados de extraños, generalmente en las redes sociales. Estos, a menudo, abarcan desde alardes ‘humildes’ hasta alardes directos. El mejor ejemplo es Jeremy Clarkson, el presuntuoso presentador de televisión, quien cada año se jacta de que sus pésimos resultados de nivel A no le impidieron adquirir un coche, una villa o un yate de lujo.

Claramente es difícil saber qué consejos se deben compartir. El mundo de la educación y del trabajo cambian constantemente. Cuando relates tus mejores éxitos profesionales a alguien que tiene la mitad de tu edad, describiendo cómo obtuviste tu primer trabajo, seguramente verás su desconcierto hasta que el joven busque “anuncios clasificados de empleo” en Google.

Muchos consejos son impulsados por el deseo de inflar el ego del que los imparte. Al hacerlo, sientes que te has transformado en un gran sabio, con experiencia y conocimiento para impartir.

Nadie necesita saber que estás improvisando e inventando tu carrera a medida que avanzas. Una vez fui la mentora de una niña de 15 años que se estaba preparando para sus exámenes importantes de escuela secundaria. De paso, me preguntó qué calificaciones había obtenido cuando yo tenía su edad. “Wow”, dijo, cuando compartí mis calificaciones competentes y poco deslumbrantes. Sin embargo, a pesar de mí misma, mi pecho se hinchó de orgullo por mi logro de décadas atrás.

Tales impulsos a la confianza pueden incluso resultar productivos. En un estudio el año pasado “Querida Abby: ¿Debería dar consejos o recibirlos?”, los investigadores observaron a personas que estaban intentando ahorrar dinero, controlar su temperamento, perder peso y buscar empleo. Encontraron que los más motivados fueron aquellos que dieron -no los que recibieron- consejos.

Robin Kowalski, una profesora de psicología en la Universidad de Clemson, quien ha analizado el acto de dar consejos, dice que puede ser un ejercicio útil. En un estudio reciente, ella descubrió que cada semana aproximadamente un tercio de las personas piensan en los consejos que hubieran querido compartir con ellos mismos de jóvenes, no sólo sobre la educación y el trabajo, sino también sobre las relaciones.

Para aquellos que no lo hacen, impartir consejos a los demás es una oportunidad para reflexionar sobre sus propias vidas. Me dijo que las alternativas imaginadas podrían motivarnos a superar ciertas circunstancias.

Dar consejos puede inflar nuestros egos, pero también puede desinflarlos. Recuerdo a una joven cuya cara se contorsionó de horror cuando le conté sobre mi carrera. Su expresión parecía decir: “Espero que me vaya mejor cuando sea tan vieja como tú”.

Dar consejos también puede suscitar arrepentimiento, como le sucedió a una amiga que pronunció una charla sobre carreras en su antigua universidad. Lo que debió haber sido una experiencia inspiradora la sumió en una desesperación existencial. Unos momentos antes de hablar, tuvo un ataque de pánico sobre las decisiones que había tomado a través de su vida.

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