Opinión

Los corruptos de Jeanine, el diálogo y el nuevo modelo para Bolivia

23/5/2020 03:00

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Diego Ayo

Defendí en el programa Parte y Contraparte de Canal 7 la presunción de inocencia del ministro de salud e inmediatamente me llovieron mensajes sintetizados en la siguiente frase: “defiendes la corrupción”. No, no lo hago, ni lo haré. Defiendo, aunque parezca que me salgo del tema cuestionado, la posibilidad de avanzar hacia un diálogo nacional. No defiendo la presunción de inocencia con el afán de ocultar la corrupción sino para advertir que solazarnos con este mal nos aleja briosamente del objetivo imprescindible del momento: el diálogo. 

Es preciso comprender que un culpable será culpable cuando lo sea, en mérito a un veredicto judicial, y no cuando los intereses partidarios o personales definan la culpabilidad. Está bien ganar votos y ventas mediáticas a costa de un ministro, seguro que está bien, pero no es correcto. Si el asunto es de creencias, pues creo en la inmortalidad. Sin embargo, no es asunto de creencias. Es asunto de hechos (y hechos comprobados y con la prueba a vista del público). El MAS se ubicó en el 1 ocultando la corrupción. Hoy estamos en el 10 promoviéndola a destajo. Hay que situarnos en el 5: ni silenciamiento, ni bulla: justicia. 

Es imprescindible que sean los hechos los que determinen la culpabilidad y no el aplauso sonoro de los militantes, amigos y parientes. Debemos impedir “futbolizar” el espectro de la política, superando el “nosotros” contra “ellos”. Esa dualidad perversa impide avanzar en lo que considero es nuestra única posible salida: el diálogo entre las partes, donde no hay dos contendientes en juego: el malo, malito y el bueno, buenito. No, hay hartos malos, no tan malos, buenos y no tan buenos, pero todos bolivianos y con la necesidad y urgencia de dialogar.

Es necesario evitar los derroteros absolutamente simples (políticamente simples) que van apareciendo en los medios. La astucia que demuestra mi hija de cinco años cuando suma 1 más 1 más 1, es 3, es igual a ver que el avión en que se llevaba a una modelo, los decretos de la información anulados y el “ministro de salud corrupto”, suponen (y deben suponer) la renuncia de la presidenta. O sea, repito, 1, más 1, más 1, igual 3 y chau presidenta. Más allá de la alegría que despierta en la hinchada política este tipo de reflexiones, es preciso evitarlas. Es preciso tender puentes.

Es vital comprender, que es corrupto quien roba 65 bolivianos del Ministerio de Gobierno que quien roba 3 millones de dólares del mismo ministerio. No hay duda que hay serios indicios de corrupción que deben ser debidamente rastreados y publicitados, pero se debe dar el criterio de magnitud cuando se tengan los datos correctos y no saltar de gusto con los tres millones cuando el asunto puede ser de 65 bolivianos. “¿Ves?, si son unos maleantes”, dicen muchos. El propósito es que se haga justicia, no circo. 

Es preciso comprender que esta victoria es una victoria pírrica: hundes al rival sin percatarte de que quien se hunde, en el mediano plazo, eres tú y tus semejantes. Has logrado destruir a un rival político, pero eso solo genera en él más odio, pronta venganza y, sobre todo, la certeza, absoluta certeza, de que cuando seas gobierno tendrás similares casos destruyéndote día y noche. Tu alegría de este momento, es tu tormento en algún tiempo (“pero qué importa, ya vamos a ser gobierno, ¿no ve?”).

Es pertinente comprender que no se hace diálogos con amigos, parientes o asistentes de todo tipo, en cuyo caso el punto de encuentro sería en un karaoke, salteñada o almuerzo. Los diálogos políticos se hacen precisamente con quien no te gusta, quien te parece feo y a quien posiblemente detestes. ¿Eso incluye dialogar con el MAS? Por supuesto. Estas denuncias exacerbadas contra la corrupción nos encantan, pero el resultado es uno y solo uno: no hay ni habrá diálogo. Sepamos que “los otros” no son como quisiéramos que sean: los unos son “masistas corruptos”, los de más allá son la “derecha de los transgénicos” y los de por acá no sé qué son, pero algo son y mejor si se quedan lejos. 

Es necesario comprender que el MAS y Evo Morales hicieron un fraude electoral vergonzoso no porque hayan sido tramposos y malos muchachos (que quizás lo sean), sino porque plantearon condiciones políticas en las que acordar con el enemigo (ojo: no el rival sino el enemigo) era sinónimo de cobardía. Solo los cobardes se ponen a acordar. Vale decir, el asunto no era ético (o lo era solo en segundo lugar) sino político. Esa fue la forma de hacer política. No nos percatamos de que las actitudes intransigentes e incluso pedantes que hoy se ven a razón de los casos de dudosa transparencia en los que incurrió este gobierno fueron propias del masismo. Es el MAS reencarnado en Mesa, Camacho y un largo etcétera, cuando lo que requerimos es concertar y al hacerlo, mostrar una cara distinta a la exclusión practicada en ese pasado excluyente.

Y cierro con lo más importante (que detallo en otra reflexión): mirar a todos como corruptos, ineptos e ilegales (entre una larga lista de adjetivos) es repetir los errores de Siles y Mesa en distintos tiempos. Debemos entender que no estamos solo frente a un cambio de gobierno. Es un cambio de modelo como lo fue el paso del nacionalismo revolucionario al neoliberalismo en 1985 y de éste al “nacionalismo comunitario” de Evo en 2005. Hoy este modelo está en su fase de extinción. Y debemos suplirlo por otro modelo. Insisto: no es sólo un cambio de gobierno. Y entenderlo nos haría comprender que solazarnos con los errores del enemigo, sólo alargará el suplicio y retrasará este imprescindible cambio. En aquella época fue del 78 al 85, en otra época fue de 2000 a 2009, y en ésta, ¿será de 2020 a…? No lo sé y no lo sabemos, pero si puedo estar seguro que estas “alegrías” ante la corrupción solo alargan la agonía.

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