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Lo desconocido ha atraído siempre al ser humano, y a cada descubrimiento, un número mayor de interrogantes se abre ante él. Cuando más conocemos más cuenta nos damos de lo que no sabemos. Este ‘no conocer’ es la fuerza que nos impulsa a la expansión de los límites de nuestra conciencia.

Lo que descubrimos vale en la medida que expande los límites de la mente hacia lo desconocido, que tiene valor en sí. Es lo divino que, como imán, atrae y expande los límites mentales en un intento de abarcar lo infinito. En las concepciones místicas de todas las religiones, la unión con Dios implica la expansión de los límites de la conciencia hasta adentrarse en lo desconocido, lo que no significa develar su misterio, sino hacerse uno con él. Es dar la bienvenida al asombro, a la perplejidad, dejar que fluya y desaparezca la frontera entre el yo pequeño y lo inconmensurable.

Podríamos definir lo desconocido como el espacio potencial de la mente universal. En la meditación se busca sintonizar el espacio de silencio que hay entre un pensamiento y el próximo, la detención entre dos ideas. No es un espacio inerte, sino una espacialidad sugerente que invita a la concentración, a la búsqueda, a la contemplación. El afán de conocimiento es el motor de la expansión de los límites de la mente individual. Y esta no es más que la participación parcial o subjetiva en la mente universal, que no es otra cosa que la totalidad de la energía mental disponible en el planeta. Hoy con internet comenzamos a vislumbrar la dimensión de la mente planetaria.

El verdadero fruto de conocer no es lo que descubrimos, sino la expansión de los límites de la mente hacia espacios más amplios con significados no comprendidos. Lo importante no es qué descubrimos, sino cuánto nos identificamos con la espacialidad potencial. De esa identificación surge la creatividad, la iluminación, en un arrebato inspiracional. Es un verdadero arrobamiento del alma. Juan de la Cruz lo expresa en su poesía: “Entréme donde no supe y quedéme no sabiendo, toda ciencia tracendiendo”.

Desde este punto de vista, la experiencia vivencial es la espacialidad generada como un estado de ser. Más honda es la experiencia cuando mayor es la espacialidad creada en nuestro interior. Las experiencias que crean espacialidad impulsan cambios fundamentales que a veces no se logran en experiencias de éxito.

La capacidad para comprender tiene relación directa con la espacialidad del alma. Es decir con el espacio que ha generado la experiencia. Esta espacialidad genera capacidad de contener sin retener, y eso es desenvolvimiento espiritual. Dejar ir, fluir, vaciarse y estar siempre a nuevo. Lo que contenemos resta a nuestra capacidad. Es un lleno que en algún momento debe vaciarse para dar lugar a lo nuevo que deberá vaciarse nuevamente para seguir creciendo.

El alma se desenvuelve en los espacios: físico, intelectual, afectivo, magnético y espiritual. En estos espacios crea, ama, comprende, sueña, crece y descubre el sentido de la vida.

Si el alma no tiene espacialidad física, vive en un mundo saturado de objetos, cosificado. Tropieza entretenida con sus juguetes.

Si el alma no tiene espacialidad intelectual no sabe preguntar, indagar auscultar y contemplar con la curiosidad del niño y se queda sin espacio para crear, soñar y volar. Si el alma no tiene espacialidad afectiva crece en amor obsesivo, ataduras sentimentales, afecto dependiente, y no puede recrearse a sí misma y amar con desapego.

Si el alma cubre su espacio magnético (fuerza de carácter) con manipulación, autobombo, complejo de inferioridad, se queda sin la espacialidad donde nace la empatía, la integración y la celebración de la diversidad.

Si el alma llena su espacio espiritual con afirmaciones categóricas producto del temor atávico, con fe mercantilista o supersticiosa y con seguridades fútiles, se queda sin el espacio de la oración y de la comunicación sincera y humilde, sin la apertura de corazón hacia lo divino.

Si bien necesitamos nuestros llenos para relacionarnos con el entorno, más importante aún son nuestras espacialidades porque otorgan valor y calidad a esas relaciones.

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