Opinión

Los insaciables

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1 de septiembre de 2019, 4:06 AM
1 de septiembre de 2019, 4:06 AM

El fuego que alumbra, también puede ser el fuego de un incendio incontrolable. Pero más allá del tamaño, hay una diferencia básica entre el fuego de una vela y el de un incendio: la luz se alimenta del sebo y se consume mansa cuando ese sebo se termina, mientras que el incendio necesita avanzar y engullir la vida para seguir existiendo, y aun destruyéndolo todo, quiere más, porque nunca tendrá suficiente. Es insaciable.

Nosotros ¿qué somos? ¿Somos luz, o preferimos ser incendio voraz?

De varios lugares del mundo nos llegan noticias de bosques, de pastizales, de hábitats incendiándose. En varios lugares del mundo, este ha sido el año más caluroso de la historia, desde que se tiene registro. Cuando hay calor y sequía, un pequeño descuido puede provocar una gran catástrofe. Es el cambio climático. Pero no te preocupes, no voy a decir que el cambio climático es la causa del incendio en nuestra Chiquitanía: no es mi intención disculpar a nadie.

Voy más allá. La humanidad también vive su propio cambio climático. Las condiciones están dadas para que cualquier descuido pueda provocar una gran catástrofe. En la punta de nuestros dedos tenemos la posibilidad de encontrar la “noticia” que necesitamos para corroborar lo que hayamos decidido creer. El internet y las redes sociales funcionan de tal manera, que no te van a enfrentar a un discurso contrario al tuyo.

Los grupos de wasap se arman entre quienes piensan lo mismo. En el twitter, elegimos seguir a quienes se nos parecen. Qué fácil es dar “unfollow” en el facebook, cuando la existencia de alguien nos resulta molesta.

Ya no hay lugar para el diálogo entre diferentes. Y bueno, no compartimos la opinión del otro, pero estamos dispuestos a defender ¡con nuestra vida! el derecho que tiene a expresarla… hasta el momento en que el calor y la sequía azuzan el fuego y nos convertimos en un incendio incontrolable.

Porque el primer chaqueo puede haberlo empezado un campesino camba de pura cepa, pero más placer nos genera pensar que fue un colla. El fuego puede haber venido desde Brasil o Paraguay, pero es más satisfactorio pensar que lo causó un colla recién llegado al oriente, mejor aún un colla migrante que haya sido cocalero, ideal un colla migrante cocalero y masista, por favor. Entonces hacemos verano marchando nuestros estribillos de siempre, hasta que toque acordarnos de que “el camba nace donde quiere”, hasta que toque seducir diciendo que “cruceño es el que ama y trabaja por Santa Cruz”.

Sí: también es posible que la ampliación de la frontera agrícola haya azuzado los chaqueos. Entonces decidimos dejar de comer carne. Tal vez debiéramos también dejar de tomar leche y de comer huevo. Tal vez debiéramos dejar de pedir comida para llevar, para llevar en envases de plastofor, y elegir transporte público y apagar el aire acondicionado, prohibir esas manadas de motos violando la paz de los pueblos y poner de una vez por todas un alto al negocio inmobiliario, pero no, no dejes de leerme.

Resulta intolerable hablar de todo esto. Es demasiado, es insoportable. Nos sentimos pequeños, inútiles, insuficientes. Lo mismo en las redes, de tanto escuchar lo mismo. Vamos revisando nuestras cuentas y las noticias no paran de llegar. Cernidas con eficiencia, a cuál más alarmante, se nos van atorando en el alma. Aislados en la pantallita mágica, cada quien está solo en medio del incendio más voraz. Entonces bloqueamos eso de la leche, lo del aire acondicionado, lo del plastofor. La complejidad nos excede, nos estorba, nos paraliza: la bloqueamos.

Enseguida, todo es culpa de Evo, de los masistas, de los collas. Qué bien se siente: no tendremos que pensar en el origen del patrimonio familiar ni regional. Todas nuestras frustraciones, contra Evo, contra los masistas, contra los collas. Pero los mensajes siguen llegando: el fuego se reaviva, Evo se pone traje de bombero, dizque no hay ayuda internacional. El odio es el fuego de un incendio voraz: es insaciable. Mantener vivo el odio es una tarea extenuante. Pero lo peor es que nunca encuentra satisfacción, quien odia.

Cuando el fuego de nuestro inconformismo y de la injusticia podrían servir para iluminar, nos entregamos a las llamas que nos engullen hasta carbonizarnos y dejarnos secos, inmóviles.

Inmóviles. Solo nuestros dedos jugueteando en el teclado, en el clic de la selfie, sin movernos de nuestro lugar. No somos nosotros los que estamos luchando contra el fuego en nuestra Chiquitanía. Son los otros, los de siempre.

Ese es el mal del regionalismo cruceño: la radicalidad se torna insoportable para el mismo radical, y lo paraliza. En vez de ser luz y ser potencia y ser acción. Y brillar, que para eso estamos hechos

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