Opinión

Los monarcas del siglo XXI

9/2/2020 03:00

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Juan Marcos Terrazas Rojas


En tiempos remotos de la antigüedad, la Edad Media y aún muy entrada la Edad Moderna, los monarcas en Europa, Asia y otras latitudes del mundo, eran propietarios del Estado; es decir, dueños de la comunidad. Este es un rasgo que fue desapareciendo paulatinamente, hasta casi extinguirse en la actualidad. Sin embargo, algunos regímenes políticos del mundo persisten en reproducirlo, procurando para sus gobernantes la apropiación del Estado y el ejercicio perpetuo del poder. Recientemente, se convirtió en un signo muy característico de los “socialismos del siglo XXI”.

Cuando en Europa todavía regían las monarquías, los monarcas se consideraban dueños de la vida y de los bienes de las personas; o sea, propietarios de la comunidad. De esta manera, si era su voluntad, aplicaban la pena de muerte o expropiaban los bienes de sus súbditos, sin juicio previo. El ejercicio de su poder era vitalicio. No rendían cuentas de sus actos a nadie. Los monarcas se asemejaban a la reina de corazones de Alicia en el país de las maravillas, que ordenaba: “¡Córtenle la cabeza!” a todo aquel que se oponía a su voluntad. Por supuesto, esta conducta, basada en el capricho, el deseo, la pasión o el instinto, no solo afectaba a los más humildes, quienes sin duda eran los más perjudicados, sino también a los señores poderosos.

Para contrarrestar esta situación, se hizo necesario controlar el poder del monarca y, definitivamente, eliminar su derecho de propiedad sobre la comunidad. Era necesario hacer de la comunidad y del Estado una República, es decir, una cosa de todos.

Llegó un punto en que los excesos de los monarcas se tornaron insoportables, por esta razón en medio de una profunda crisis política, social y económica, cuando estalló la revolución francesa (1789), el pueblo humilde junto a otros sectores de la sociedad, agobiados por los atropellos, se rebelaron contra el monarca, y literalmente le cortaron la cabeza. Así, el Estado pasó de ser propiedad del monarca, a ser una República (“cosa de todos”).

La vida y los bienes de las personas ya no le pertenecían más al monarca. Se reconocieron derechos a favor de los súbditos, ahora ciudadanos, eliminando gradualmente los abusos y las arbitrariedades. Se impuso la democracia, reconociendo que el pueblo elegía a sus propios gobernantes por medio del voto. Se dividió el ejercicio del poder en tres órganos: ejecutivo, legislativo y judicial, para impedir la concentración excesiva del poder en el monarca. Y para evitar la toma de decisiones basada en caprichos, deseos, instintos o pasiones, se sometió al gobernante al cumplimento de la Ley (Estado de Derecho).

En este orden de cosas, podría pensarse que las monarquías habían sido superadas, pero no fue así del todo. Si bien en Europa y otras latitudes del mundo, la democracia logró desplazar a la monarquía, sin embargo, más recientemente, en algunos Estados de escaso desarrollo económico, se afianzaron rasgos de aquel oscuro pasado. En ellos, la cúpula de un partido político o un grupo familiar, abrazando ideas “socialistas progresistas”, se hizo del poder con el propósito de gobernar perpetuamente y adueñarse del Estado. Los logros de la Revolución Francesa se hicieron añicos. No solo se trataba de hacer un uso instrumental del aparato de poder, sino que, en los hechos, estos regímenes políticos hicieron o pretendieron hacer del Estado su propiedad, disponiendo de la vida y de los bienes de las personas. Nos referimos a los “socialismos del Siglo XXI”.

Los “socialismos del Siglo XXI” reúnen dos de las principales características de las viejas monarquías: El ejercicio perpetuo del poder y la certeza de que el gobernante es dueño de la comunidad.

Uno de los rasgos que denota el propósito de permanecer perpetuamente en el poder, es la reelección indefinida del gobernante. En Cuba, Fidel Castro gobernó durante 49 años, y luego transmitió el poder a su hermano, Raul; Hugo Chávez gobernó Venezuela 14 años, hasta su muerte el año 2013, y dejó como sucesor a un miembro de su cúpula, Nicolás Maduro; Daniel Ortega en Nicaragua, gobierna junto a su esposa como vicepresidenta, ejerció dos mandatos, totalizando 17 años en el poder; Evo Morales gobernó Bolivia casi 14 años, tuvo que dejar el poder debido a la presión social, designó como candidato presidencial a un miembro de su cúpula.

Todos ellos desarrollaron agresivas políticas de nacionalización de las actividades económicas y de estatización de los bienes privados. De esta manera, la vida de los ciudadanos, pasó a depender casi totalmente del Estado, como en Cuba o Venezuela. Con ello, los gobernantes reelegidos indefinidamente lograron su propósito o fueron en camino de hacer del Estado su propiedad. El pueblo fue anulado económica y políticamente.

Estos caudillos hicieron ostentación de su conducta arbitraria, instintiva y caprichosa. Expropiaron bienes privados sin ningún justificativo legal, controlaron la vida de sus súbditos. Padecían del síndrome de la reina de corazones: “¡Córtenle la cabeza! A su estilo, cada uno se hizo dueño y señor del Estado, cuanto más expropiaban, más poder acumulaban. Este fue y es el derrotero real de los “socialismos del Siglo XXI”, la perpetuación en el poder y el adueñamiento del Estado. El progresismo, el socialismo y la revolución son solo discursos. En los hechos, sus dirigentes fueron y son los monarcas del Siglo XXI.