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A raíz de sus expresiones en horas previas y posteriores al bochornoso asalto del Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos, las redes sociales Twitter, Facebook, YouTube, Instagram y Snapchat decidieron cerrar las cuentas del presidente Donald Trump, en unos casos de manera temporal y en otros de forma definitiva. Se trata del mayor acto de censura que se recuerde en la historia reciente de la humanidad, esta vez con unos actores cuyo poder el mundo sospechaba, pero no conocía en su dimensión real.

Que plataformas digitales que hace diez o quince años no existían le quiten al presidente del país más poderoso del mundo su derecho a expresarse es algo inaudito que ni las películas de terror ni la profética 1984 de George Orwell imaginaron que pudiera ocurrir.

Las empresas propietarias de esas redes acusan a Trump de incitar a la violencia a través de sus mensajes y apoyan en esa razón las suspensiones de las cuentas del mandatario estadounidense. Pero si alguien tiene que juzgar a Trump es la justicia de su país, no los multimillonarios dueños de las redes.

El asunto ha levantado una humareda global de polémica entre quienes aplauden y los que critican la decisión de las redes.

Una de ellas es la canciller alemana, Angela Merkel, habitualmente crítica con Trump, que calificó la suspensión de las cuentas del presidente de Estados Unidos como problemática porque ‘limita el derecho fundamental a la libre expresión’.

El conocido activista ruso Alexei Navalny fustigó lo que llamó ‘un acto inaceptable de censura’.

El presidente de México, Manuel López Obrador, también ha criticado a Twitter y Facebook por el bloqueo a Trump, que él llamó ‘una mala señal, un mal presagio que deciden empresas particulares, una censura que va contra la libertad’.

El mandatario mexicano adelantó que llevará al G20 su posición sobre la censura, y expresó que ‘no puede haber un organismo particular que decida quitar el derecho que se tiene a la libre manifestación de las ideas, en ninguna nación, en ningún Estado nacional, que se convierta en un órgano de censura’.

Similares opiniones tuvieron el Gobierno de Francia y la Unión Europea. De hecho, esta última ha anunciado que este es el momento de regular a las redes sociales para evitar que estos monstruos globales del mundo digital tengan atribuciones para decidir los límites de la libertad de expresión.

Las grandes redes ahora están en la mira, y sus acciones no podrán continuar impunes al menos en países que tomarán la decisión de regularlas, entre otras cosas, porque al censurar a Trump entraron en contradicción con lo que siempre negaron que eran, esto es publicaciones con responsabilidad editorial.

Con su acción contra Trump pusieron al mundo a debatir qué es peor: si las groseras, a veces casi demenciales, expresiones de un presidente que sale mal de su Gobierno y entra peor a la historia, o el alevoso acto de censurar su opinión. Finalmente, es preciso recordar que las grandes redes sociales no son entes amorfos o de naturaleza colectiva: son empresas privadas dirigidas por un empresario. Esos son los que ahora se han atribuido el don supremo de permitir o suspender una cuenta, de censurar o no un contenido y ahora también a personas.

Son las mismas empresas que en otras plataformas como WhatsApp, también del todopoderoso Marck Zuckerberg, se proponen utilizar la información de los usuarios -desde su perfil hasta su ubicación física y la agenda de sus datos- para compartirla con su socia Facebook para que esta haga mejores negocios. Si el usuario no está de acuerdo, simplemente quedará excluido de WhatsApp. Así están las nuevas superpotencias de la Galaxia Zuckerberg. Son los nuevos amos del mundo.

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