El Deber logo
29 de junio de 2022, 4:00 AM
29 de junio de 2022, 4:00 AM

Por Ronald Nostas Ardaya, Industrial y expresidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), suscritos en 2015 por los líderes mundiales de 193 países, incorporan al sector privado como sujeto activo y esencial en los pilares referidos a la promoción del empleo pleno y productivo, el trabajo decente para todos, la industrialización sostenible y la innovación; pero además lo inscriben en varias metas como actor fundamental para las estrategias de implementación.

No es casual que la ONU -la institución más importante del mundo, compuesta por casi la totalidad de los Estados- haya incluido al sector empresarial como protagonista relevante para enfrentar desafíos globales tan grandes como la erradicación de la pobreza, mitigación de la crisis medioambiental y garantía de una mayor prosperidad para todos. Actualmente, el sector privado es responsable de 9 de cada 10 fuentes de trabajo en el mundo, y en las últimas décadas ha fortalecido aún más sus roles tradicionales de generación de riqueza, provisión de bienes y servicios, contribución con impuestos para sostener a los Estados, dinamización de la investigación y desarrollo tecnológico global.

Por eso mismo, el logro de los ODS no puede pensarse al margen de un empresariado privado plenamente alineado con los grandes objetivos de la humanidad, y comprometido con la búsqueda de soluciones. Precisamente la Cepal, refiriéndose a esta participación, ha señalado que “los diversos actores del sector privado pueden impulsar la transición hacia patrones de producción y consumo sostenibles en varios sectores; generar empleos decentes y contribuir a la igualdad de género, a través de sus prácticas corporativas”.

Recientemente, la relevancia de los empresarios para la sociedad ha sido puesta a prueba, primero con la pandemia del covid-19 y ahora con la guerra ruso-ucraniana, ambos hechos imprevistos que causaron trastornos en todos los continentes.

En tales crisis, las empresas mostraron una gran capacidad de reacción y resiliencia, tanto en la etapa de mitigación como en la recuperación y la reactivación, implementando medidas como el teletrabajo; sostenimiento de fuentes laborales; campañas de solidaridad; investigación; provisión de medicamentos y servicios de salud; mantenimiento de cadenas de suministros; y producción y distribución de alimentos, bienes y servicios imprescindibles, que evitaron un colapso mayor.

Debido a esa dinámica, el sector ha pagado un alto precio. La Cepal estima que más de 2,7 millones de empresas tuvieron que cerrar en Latinoamérica por la pandemia y que “una parte importante de las que permanecen activas enfrentan dificultades, con flujo de caja reducido, alto endeudamiento y retrasos en el pago de compromisos”. 

El impacto sobre las empresas elevó a cifras históricas el desempleo, y aún hoy, pese a la reactivación de la economía, la OIT prevé que la recuperación del trabajo no será igual al crecimiento, y la calidad del empleo recuperado podría ser inferior al que había antes de la crisis sanitaria. Actualmente, cerca del 90% de los trabajos afectados en 2020, han retornado gracias a la iniciativa privada y la recuperación de las economías.

Compartir la desgracia de la pandemia generó también un mayor acercamiento de las empresas con sus entornos, a través de la empatía, la solidaridad y el compromiso, no solo con los públicos cercanos, sino con las comunidades de alta vulnerabilidad como los centros de acogida, poblaciones pobres y pueblos indígenas. Esta mejor interrelación produjo un aumento de la confianza y de la expectativa que la gente tiene respecto a la participación del sector privado en otros ámbitos como la salud, el desarrollo, la igualdad y la erradicación de la pobreza, temas que son de responsabilidad de los Estados.

Las empresas están atravesando por una acelerada transformación que las ha llevado a adaptarse a formas de organización y operación totalmente nuevas debido a la transformación digital; pero también se están produciendo cambios en los enfoques de inversión y expansión y se redefinen conceptos de competencia, productividad, responsabilidad con el entorno y sobre todo de la relación con la sociedad.

En la era de la gran incertidumbre, el sector privado seguirá siendo un motor fundamental para la recuperación económica, pero también su rol será decisivo para lograr cohesión, solidaridad, progreso y estabilidad. Estas realidades, hoy reconocidas en los ODS y en la percepción pública, nos llevan a entender que más allá de los graves problemas y barreras que debemos enfrentar, estamos asumiendo compromisos que trascienden nuestro propósito elemental de generar valor económico y empleo, lo que, sin embargo, tampoco significa que debamos reemplazar lo que le corresponde hacer a otros actores políticos y sociales.

Tags