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Presionado por las condiciones de pobreza de muchos sectores sociales sin trabajo que, en condiciones normales gastan en su alimentación lo que consiguen con su jornada laboral durante el día anterior; por las grandes empresas, que ven necesario volver a la producción para dejar de perder, y por razones de interés político –que aun en una delicada emergencia sanitaria las hay, créalo-, el país se apresta a ingresar en una nueva etapa de la larga lucha contra el Covid-19 que en el mundo se ha dado por llamar “desescalada”; flexibilización de la cuarentena, en otras palabras.

Es casi un hecho que la medida entrará en vigor el primer día de junio, por lo menos en Santa Cruz, el departamento más golpeado por la pandemia, donde se concentra cerca del 70 por ciento de los infectados del país.

Se sabe que el hambre manda y que la economía hace fuerza por volver a dinamizarse después de dos meses de casi completa paralización, y quizá por eso aún los más celosos defensores de la cuarentena han cedido ante la evidencia, para planificar que las personas abran sus puertas desde la próxima semana bajo unas condiciones especiales que conservarán las normas más importantes de la emergencia, como el lavado de manos, la distancia física social, el uso de barbijos y evitar las aglomeraciones.

Nadie debiera tener temor de entrar en este nuevo escenario de administración de la pandemia, si no fuera por dos poderosas razones que no solamente sostienen un fundado miedo a lo que viene, sino que incluso hacen prever que el asunto podría salirse de control y rebasar toda capacidad de contención, hasta hacer colapsar en pocos días el precario sistema de salud de Bolivia.
La primera de esas razones es que los países que han entrado en la desescalada lo han hecho después de comprobar que la curva de contagios había comenzado a bajar ostensiblemente. Pero en Bolivia ocurre exactamente lo contrario: la pandemia está en ascenso, y aún no ha llegado al pico: cada día se alcanza un máximo nuevo y esa tendencia está lejos aún de aplanarse y mucho menos de comenzar a descender. 

Sujetándonos a los datos oficiales que el Ministerio de Salud difunde cada noche, constatamos que hasta el lunes reciente existían 6.660 casos confirmados reportados en el país. Al ritmo exponencial al que van las muestras positivas de Covid-10, hasta fines de junio esa contabilidad llegará fácilmente a los 28.000 casos, y aún no sabremos si ese será el pico o apenas una estación instantánea en la penosa subida de contagios. 

La segunda razón para quedar textualmente temblando es el comprobado hábito boliviano proclive a la irresponsabilidad y la indisciplina. La más elemental de las lógicas nos dice que, si en condiciones de restricción se veía a tanta gente en aglomeraciones de mercados y calles, con la flexibilización la gente entenderá directamente que la cuarentena se acabó y no hay nada más que cuidar. 

Finalmente, hay que sumar la campaña desestabilizadora del partido de Evo Morales, que vino rompiendo la cuarentena en áreas rurales donde ellos tienen alta influencia. En ese contexto pesimista, el país parece dirigirse irremediablemente hacia el abismo en un casi suicida salto al vacío que, a estas alturas, ya es inevitable. 

Ojalá en estas horas se produzca una milagrosa adopción de conciencia del ciudadano para cambiar de la noche a la mañana sus hábitos y enfrentar con disciplina lo que se viene, y que lo haga al menos convencido de la certeza de que ahora dependerá de cada uno el contagiarse o no con el virus: algo así como un triste sálvese quien pueda.

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