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1 de octubre de 2017, 4:00 AM
1 de octubre de 2017, 4:00 AM

Estoy frente a frente con Octavio (mi hijo de siete años) en una conversación ‘muy seria’. Octavio me escucha atento y con una mirada escudriñadora, para finalmente luego de mi ‘sabia’ intervención, decirme: “pero papá… yo ya tengo mis objetivos”. (¡¿Qué?!... ¡¿Debo disculparme por ‘interferir’ en sus planes?! ¿Debo ver una oportunidad para discutir las ‘grandes cuestiones de la vida’?...). Honestamente creo que a esa edad, la palabra ‘objetivos’ no era parte de mi vocabulario y peor aún ¡de mi perspectiva de vida!... 

Hoy las cosas han cambiado sustancialmente, los vemos por ahí, pequeños, angelicales (a ratos…), pero señoreándose con su retórica y seguridad de lo que quieren. ¡Parecen de otra especie! Algo así como ‘pequeños Avengers’ que te escanean mentalmente para luego decirte “sé que estás pensando”. O te cuestionan firmemente con cosas como: “¿Papá no sabes lo que es la palabra paciencia?”, “¿porque matamos animales para comer”? o “¿si saben que soy niño porque compran cosas que se rompen?” (¡?!) Cada situación de estas han requerido de nosotros como padres algo más que creatividad para salir airosos y luego a solas desinflarnos en un sillón. 

Circunstancias fascinantes de este tipo, se dan hoy en miles de hogares y aulas en el mundo. Con niños que manifiestan de una y mil maneras lo que son. Cada uno lo hace a su estilo y su carácter. Unos corren como locos por ahí, otros caminan de manos, otros bailan, pintan, cuestionan lo que hacemos, discuten puntos de vista, quieren ver qué hay detrás de los muros, etc. Y algunos hacen todo eso junto… El punto está en ¿qué interpretación hacemos los padres de circunstancias como esas? Pero más profundo aun: ¿Cómo gestionamos y manejamos este tipo de situaciones? 

Al respecto hay que estar conscientes de que los niños no tienen miedos ni taras mentales como los adultos. No ven  límites, no hay complejos (eso lo aprenden luego de los padres y el entorno), solo ven un espacio enorme alrededor que les dice ‘vengan explórenme’ y eso es lo que hacen. En ese proceso de explorar sin temores ni miedos, ellos comienzan a desarrollar algo que se llama: creatividad. 
Los niños son creativos por naturaleza y de ahí su inventiva para explicar fenómenos desde su lógica, responder con ideas radicales, cuestionar sin miedos, decir lo que piensan, crear mitos (¡son mitómanos excepcionales!) o simplemente a media sesión de fútbol salirse y con toda la seguridad del mundo decirte: “Papá, esto no es nada interesante, vámonos”.

Si de inicio estamos conscientes de lo importante de la creatividad en los niños, no debemos dejarlos solos y en manos del sistema educativo como generalmente ocurre (no olvidemos que los sistemas tradicionales ‘matan la creatividad’), por ello debemos acompañarlos y guiarlos en esa aventura que, según el caso, puede generar ciudadanos que aportarán a este mundo en rubros inimaginables, aunque para ello… los padres tienen la tarea de recuperar su creatividad. 

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