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El poder desgasta solo a quien no lo posee. Esta máxima en política es un sablazo para aquellos expresidentes que, una vez alejados de todo adulo y sin las mieles del poder, se recluyen en sus casas a rumiar su amargura por su agenda vacía, por el teléfono que ya no suena y por sentirse solos y abandonados. Y así, carcomidos por los odios y rencores, van muriendo de a poco sin pena ni gloria.

Pero también están aquellos que se aferran al poder, ya que no se conciben a sí mismos jubilados o con la tarea cumplida. Y, desde la periferia, continúan influyendo, acopian blindajes hacia su persona, y le hacen la vida imposible a quien está ejerciendo el poder. Son los protagonistas de un segundo acto en política y que, ocasionalmente, les resulta mucho mejor y con mayor rédito político, ya que la responsabilidad de una mala decisión desde el poder, es pasto para la crítica rabiosa. Ellos, como expresidentes, se erigen como los sabedores de todo, frente a un presidente en ejercicio, agobiado por una sarta de problemas por resolver, muchos heredados por su auspiciador.

Entonces, salta la pregunta: ¿Qué hacer con los expresidentes?

Manuel López Obrador se fue al extremo, un tanto por su desmedida ambición de poder y otro tanto, por deshacerse de todo resquicio de oposición política. Meses antes de tomar posesión del cargo, AMLO apuntó directamente a la posibilidad de “que se juzgue” a los cinco expresidentes anteriores: Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, por corrupción. La medida populista, auspiciada en un referéndum, surtió el efecto deseado en la población, bañando de elogios al presidente socialista, pero al final, su bravuconada quedó en nada.

Lo cierto es que los expresidentes en América Latina poseen poder. Y en algunos casos, mucho poder. De hecho, se ha vuelto “normal” que los exmandatarios no solo tengan una vida política activa, sino que además nombren a sus delfines para candidatos a la Presidencia. Son sustitutos elegidos por el caudillo. Se trata de una forma bizarra de caudillismo, entendida como una especie de continuismo de su “linaje” para mantener de esa manera poder, vigencia e influencia.

Evo Morales y su delfín Arce Catacora. Rafael Correo y su delfín rebelde Lenin Moreno, Néstor Kirchner y su esposa Cristina, quien luego de ser presidenta nombró a Alberto Fernández como el sustituto del kirchnerismo. Un traspaso de posta muy débil y plagada de egos y rencillas. Juan Manuel Santos y su patrocinador Álvaro Uribe, que a la postre termino en rencillas y odios personales.

Lo preocupante es que en los últimos diez años, al menos siete presidentes elegidos democráticamente en Latinoamérica fueron escogidos por su predecesor. Son presidentes sustitutos que deben lealtad y admiración a su patrocinador.

Esta mala práctica ata con esposas de oro a quienes son electos y socava la democracia en todas sus instancias. Los expresidentes siguen entrometiéndose ocasionando tensiones y el mandatario en funciones pierde su relevancia por lo que o rompe con su jefe y busca su propia identidad o agacha la cabeza y cede el poder.

Nada huele más a una rancia oligarquía plagada de corrupción que un expresidente intente mantenerse vigente a través de candidatos sustitutos, amañe procesos y evite fiscalizaciones por actos de corrupción. Es un caudillismo abusivo y pernicioso.

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