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10 de septiembre de 2017, 4:00 AM
10 de septiembre de 2017, 4:00 AM

La mayoría de las personas come carne todos los días, pero curiosamente muy poca gente ha estado alguna vez en un matadero. El consumo de carne está completamente disociado de su producción: compramos la carne en el supermercado, pero ignoramos cómo viven y mueren los animales que comemos y en qué condiciones trabajan los que se hacen cargo de ellos. Visitar un matadero debería ser parte de la experiencia formativa de cualquier persona. 

El matadero es precisamente el lugar donde transcurre De ganado y de hombres (Eterna Cadencia, 2015), de la brasileña Ana Paula Maia, una novela breve y potente que muestra el vigor de una literatura que conocemos muy poco. Edgar Wilson, el protagonista, es un aturdidor, el encargado de dar el mazazo en la frente que desmaya a la vaca para que después otros trabajadores la desangren y la descuarticen. 

Cada día Edgar Wilson voltea más de cien vacas. Hace su trabajo con precisión y su jefe está satisfecho de él. Se sabe un proscrito y un asesino –ha matado a personas, “gente que no servía”– pero no reniega de su trabajo e incluso lo lleva con una rara dignidad. 

Como dice uno de sus colegas: “Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. El trabajo sucio de los demás. Nadie quiere hacerlo, eso es lo que pasa. Por eso Dios trae al mundo gente como usted o como yo”. 

Si bien el matadero es un eslabón fundamental en la producción de la carne, Maia lo retrata como un mundo cerrado, separado del resto de la sociedad y regido por sus propias normas. Allí van a parar los trabajadores pobres, los indios, los inadaptados, y allí también se mata a la gente que está de paso; la muerte de las vacas no se diferencia de la muerte de las personas y se suspende la distinción entre lo humano y lo animal. 

De hecho, Edgar Wilson mira a las reses a los ojos antes de matarlas en busca de alguna señal que le revele lo que se agita en su interior, y en ocasiones se confunde con ellas: “Edgar se siente tan en sintonía con los rumiantes, con la mirada insondable que tienen y con la vibración de la sangre en sus venas, que a veces se pierde en su misma conciencia al preguntarse quién es el hombre y quién el bovino”.

Los trabajadores del matadero se saben diferentes de los demás: llevan la marca de los asesinos y hay quienes los rechazan. “¿Cómo es matar vacas todo el día? ¿A usted no le parece que eso es asesinato? ¿No le parece un crimen matar tantos animales?”, le increpa a Edgar Wilson una joven estudiante que visita el matadero y que se escandaliza con el espectáculo de la sangre, las vísceras y los excrementos. El reclamo sorprende a Edgar Wilson: “De eso se trata un matadero. Se mata. Jamás se le ocurrió ir al otro lado de la ciudad a cuestionar el modo en que cocinan los churrascos que él nunca va a comer”. 

El matadero y los hombres como Edgar Wilson deben existir para que otros más afortunados puedan comer un churrasco o una hamburguesa con buena conciencia, sin mancharse las manos. 

Cerca del matadero, los pobres se pelean por los restos de carne de las reses muertas por enfermedad y el río agoniza, contaminado por toneladas de vísceras y sangre vacunas. En uno de los momentos más enigmáticos de la novela, las vacas comienzan a actuar de forma extraña, lanzándose por un precipicio. ¿Huyen de un bandido o de un animal? Cuando ocurre por segunda vez, el misterio se aclara: los trabajadores se dan cuenta de que los depredadores de los que están escapando las vacas no son ni el jaguar ni el jabalí, sino ellos mismos, los humanos. 

Pero la matanza no puede parar: el lema en el matadero es que mientras exista una vaca, siempre habrá alguien que quiera matarla… y alguien que quiera comerla. Y para Ana Paula Maia queda claro que no existen los inocentes: “Todos son hombres de sangre, los que matan y los que comen. Nadie es impune” 

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