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Los resultados de la última encuesta de EL Deber

Lunes, 21 de julio de 2025 a las 00:00

En los resultados de intención de voto según la reciente encuesta publicada por El Deber, Samuel Doria Medina y Jorge Tuto Quiroga lideran la preferencia ciudadana, ambos con más del 20 % seguidos por Manfred Reyes Villa con un 10 %. Como se aprecia, el bloque liberal-democrático concentra una mayoría relativa del electorado, 52.47%.


Las figuras icónicas del campo popular, como Andrónico Rodríguez, Eva Copa y Eduardo del Castillo, apenas superan en conjunto el 11 %, lo que evidencia un debilitamiento estructural del proyecto que gobernó Bolivia por casi dos décadas. La suma de votos blancos, nulos e indecisos supera el 20 %, revelando un electorado desconectado del sistema político, o un relativo cansancio democrático, una saturación de la subjetividad social agobiada además por una profunda crisis económica. Este cuadro permite interpretar el presente a través de distintas hipótesis sociológicas y políticas que, leídas desde marcos teóricos contemporáneos, ayudan a comprender la transición política que atraviesa el país.


Una de las características más evidentes del escenario es la desinstitucionalización del sistema de partidos. La volatilidad del voto, la multiplicidad de candidaturas sin arraigo territorial y la inexistencia de programas coherentes apuntan a una degradación de los vínculos entre partidos y sociedad. Las estructuras partidarias ya no median de manera eficaz entre las demandas ciudadanas y el Estado, sino que actúan como plataformas personales, sin continuidad ni organicidad.


Esta ruptura del pacto representativo erosiona la confianza pública y debilita las posibilidades de gobernabilidad democrática estable. El desplazamiento de los partidos hacia el terreno del personalismo electoral es indicio de una democracia formal sin densidad organizativa. Esta situación no solo favorece la fragmentación del voto, sino que contribuye al debilitamiento de los consensos básicos necesarios para sostener un sistema democrático pluralista.


La fragmentación ideológica también se refleja en la transición hacia un contexto postpopulista. Tras casi veinte años de hegemonía del Movimiento al Socialismo, se ha desvanecido la capacidad de articular un bloque histórico que agrupe las demandas sociales bajo una narrativa unificadora. El MAS ya no logra canalizar la diversidad popular en un discurso aglutinador, y sus disputas internas han fracturado las identidades que antes se cohesionaban bajo el significante de “lo plebeyo”. El vacío que deja esta crisis no ha sido llenado por ninguna otra fuerza, lo que refuerza la sensación de deriva política. La ausencia de un nuevo relato articulador revela la transición hacia una política fragmentaria y competitiva, donde los actores luchan por segmentos de mercado electoral sin lograr construir una voluntad colectiva. 


Este proceso refleja, además, el agotamiento del proyecto nacional-popular. El modelo que integraba las reivindicaciones indígenas, la soberanía económica y el rol protagónico del Estado ha perdido eficacia simbólica. Años de gestión, errores estratégicos, corrupción desenfrenada y mediocridad política sumada a una economía que no logró sostener los logros iniciales terminaron por desgastar la promesa fundacional del MAS. 


La baja intención de voto por los candidatos de izquierda revela la pérdida del capital simbólico acumulado en los años anteriores, así como la desconexión entre las viejas banderas de lucha y las demandas actuales de la población. El imaginario del “proceso de cambio” ya no interpela ni moviliza como en el pasado, y los intentos de reactivar su potencia se ven obstaculizados por la falta de renovación generacional y programática. Por un momento todos sus recursos simbólicos y discurso quedaron centrados en la exigencia por habilitar a Evo Morales, al margen de cualquier postulado que de señas de una renovación ideológica y política.


Frente a este retroceso, el electorado urbano parece haber dado un giro hacia opciones tecnocráticas y liberales. Los liderazgos de Doria Medina y Quiroga, con sus discursos centrados en la gestión eficiente, el orden económico y la institucionalidad, han logrado captar el voto de sectores medios que buscan previsibilidad, estabilidad y racionalidad económica. En un contexto marcado por la crisis y la inseguridad, la oferta liberal se posiciona como una alternativa pragmática frente al desgaste del modelo estatista. La demanda por experiencia, solvencia técnica y profesionalismo administrativo se impone sobre las apelaciones emocionales o ideológicas. 


En conjunto, los datos de la encuesta y las tendencias que se observan permiten afirmar que Bolivia atraviesa una transición política compleja. El colapso del viejo del viejo orden político (que gobernó 20 años) ha dado paso a un nuevo escenario, aún sin forma definitiva, donde la representación política se debilita y la ciudadanía busca, sin hallarla aún, una nueva narrativa que devuelva sentido a la participación. La democracia boliviana se encuentra en un momento de redefinición profunda, donde se juegan no solo los liderazgos electorales, sino las formas mismas de articulación entre el Estado y la sociedad.
 

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