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10 de noviembre de 2022, 15:10 PM
10 de noviembre de 2022, 15:10 PM


Inhabilitado legal y moralmente para ser candidato, Evo Morales decidió que Luis Arce Catacora sea quien ponga la cara por el MAS en las elecciones de 2020. Lo hizo con la autoridad del dedo de quien reina despóticamente, al estilo de las “monarquías socialistas”; sin necesidad de “consultar a las bases”, como siempre alardean en sus discursos… bueno, habrá que reconocer también que “las bases” estaban en desbandada.

No podía encontrar mejor candidato: Una persona con formación profesional, de clase media, que lo había acompañado con fidelidad (incluso cuando su salud se quebrantó gravemente) durante toda su permanencia en el poder, de casi 14 años. Era el sustituto ideal para guardarle la silla presidencial, hasta que encuentre la forma de regresar.

Para calmar las pretensiones de reivindicación y hegemonía indígena, le ofreció el premio consuelo de la Vicepresidencia a Choquehuanca.

Sin haberlo soñado, Luis Arce salió casi directamente del refugio diplomático a transitar raudamente por la amplia y desbrozada senda que le había pavimentado el gobierno de la señora Añez, después de una suma de desatinos y barbaridades que hundieron en la mayor decepción a quienes habían luchado porque el fraude no se llegue a consumar.

De manera no exenta de sospechas, el MAS logró la mayoría necesaria en la primera vuelta. La apresurada aceptación de esa victoria por parte de sus opositores parecía indicar que ellos, al igual que la ciudadanía entera, preferían un Arce a cualquier Morales. Así inicia su gestión, hace dos años, en circunstancias totalmente auspiciosas. Se esperaba que sea el artífice de la reunificación del país, de limar las asperezas sociales, de aquietar las turbulentas aguas. En su discurso de posesión reconoció como su compromiso personal el atender la demanda del pueblo, de concordia, paz y certidumbre. Prometió lograr la unidad y complementariedad entre oriente y occidente, entre el campo y la ciudad, y “poner fin al miedo en Bolivia”.

Pero pronto demostró que, por el contrario, quería ser más evista que Evo. Precisaba que las “bases” lo aceptaran como el nuevo conductor del Proceso de Cambio. Para allanar el retorno del jefe, desarrolló toda una campaña para construir la posverdad, bajo el lema del “golpe de estado”. Se inició una sañuda persecución y acoso a los “pititas” revoltosos, y a los militares y policías felones.

No se podía esconder que existía una autoridad detrás del trono y que mostraba su influencia, ufanándose de ello. Pero el ejercicio del poder no se delega. Llegó un momento en que empezó a destetarse, asumiendo que él era el presidente. Ahí empezaron los escarceos y roces, que han llegado a que su mentor sugiera abiertamente que es un traidor.

En su informe anual ante el Legislativo, el presidente respondió hoy de manera indirecta a Morales, cuando afirmó: “no nos mueven ambiciones PERSONALES”, económicas ni de poder, “nos mueven principios y valores revolucionarios”.

Queda, pues, confirmado que existen diferencias y una evidente ruptura entre el gobernante y el conductor nacional del MAS. Y no es algo que necesariamente preocupe, si interpretamos que, al jurar a su alto cargo, ofreció “un gobierno para todos” y no sólo para una fracción de la ciudadanía. Al fin y al cabo, el gobierno no es un botín del grupo partidario ganador; o no debiera serlo.

Llamó poderosamente la atención, sin embargo, que en ningún momento de su alocución mencionó la situación de paro y protesta que vive más de la mitad del país. Santa Cruz lleva ya 18 días de suspensión de actividades y muchas otras regiones han iniciado esta semana acciones de repudio a la intención de diferir el censo hasta el 2024. Si se está esperando el resultado de la famosa reunión de técnicos en Trinidad, quedan pocas esperanzas, a decir de los delegados de las instituciones que no comparten el criterio del oficialismo.

No se trata de algo intrascendente, como para obviarlo olímpicamente. Este es un tema crucial, que puede llevar a la nación a escenarios de gran peligro. Cualquier decisión desatinada podría conducirnos a conflictos fratricidas, con el riesgo de profundizar el encono y la división. Todos, incluidos los propios masistas, no ocultaron su extrañeza por el silencio presidencial.

Pero las disidencias políticas y el reclamo plural por el censo son sólo dos de los asuntos que hoy enfrenta el gobierno, y que no logran ocultar la preocupación colectiva por la marcha de la economía nacional. Ya se sabe que la política no es más que economía concentrada; es decir, el manejo de los intereses de la sociedad. Mientras había bonanza, el pueblo aceptó -aún sea a regañadientes- los desplantes del poder; otra cosa es cuando la situación aprieta el bolsillo.

Dada su formación profesional y su experiencia de tantos años, todo hacía prever que ese sería el fuerte de su gestión. Pero las condiciones son diametralmente diferentes. Ya no existe la gallina de los huevos de gas; murió de inanición, la mataron de hambre y de partirla en retazos para venderla. A pesar de ello, continuó la repartija de bonos, subvenciones y otros beneficios, así como la “inversión” de los recursos estatales en proyectos y empresas de dudosos resultados financieros, pero de evidentes frutos electorales.

En materia de Reservas Internacionales, la situación parece ser peor que cuando Luis Arce asumió la presidencia y reprochó que, a la sazón, las RIN se encontraban en 5.5 miles de millones de dólares. Ahora bordean los 4 mil y tenemos menos de mil millones en reservas líquidas; es decir, disponibles de inmediato.

La deuda externa e interna, el pago de bonos soberanos, el permanente y acumulado déficit fiscal, la creciente burocracia, el incremento de empresas públicas, la corrupción, la justicia putrefacta, los fondos de jubilación y otros tantos aspectos del manejo estatal se prestan a generar desconfianza sobre el rumbo del país. A pesar de la cantidad de cifras que se desgranaron y de datos que, en detalle, se ofrecieron en casi dos horas de soliloquio, dejó la sensación de evadir cuestiones cardinales que causan inquietud a la población.

Luis Arce Catacora ya no es un ministro, hace tres años que dejó de serlo. Habrá comprendido que es muy distinta la responsabilidad del burócrata a la del estadista; uno tiene que complacer a su jefe, el otro debe responder a todo un país. Es nuestro destino común el que está en juego. Para hacer una buena gestión es requisito indispensable practicar el principio de escuchar al pueblo... pero a todo el pueblo, y hablarle clara y sinceramente.


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