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OPINIÓN

Los transgénicos

24/5/2020 03:00

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Roberto Unterladstaetter K.

Ing. Agr.Ph.D. Docente Emérito

Desde que el hombre descubrió la agricultura en el neolítico, las incipientes civilizaciones han seleccionado las plantas que le proporcionaban un mayor rendimiento y calidad en alimentos y materiales necesarios para su desarrollo. Los primeros agricultores lograron aumentar sus cosechas seleccionando y guardando las semillas de las plantas más productivas y mayor calidad para la siguiente temporada de siembra. Casualmente se dieron cuenta que podían cruzar plantas de la misma especie, pero con características diferentes para lograr cosechas más productivas y de mayor calidad o por otro lado, más adaptadas o tolerantes a diferentes factores ambientales adversos. 

En el siglo antepasado, con Mendel (1822-1884) y sus leyes (1865) que rigen la herencia genética, el avance de la biología vegetal, el mejoramiento de las plantas cultivadas dejó de ser meramente un tema empírico y se convirtió en ciencia. Las variedades se seleccionan por ciclos de polinización cruzada (hibridación) y selección. Desde 1900 cuando las leyes de Mendel fueron entendidas en su real dimensión, los cruzamientos entre individuos de la misma especie o especies próximas hasta obtener individuos híbridos portadores de la característica deseada ha sido una práctica habitual. El principal factor limitante de este procedimiento reside en la incompatibilidad sexual entre las especies progenitoras. Si existe una gran divergencia genética o poco parentesco entre ellas la probabilidad de obtener descendencia es muy baja o prácticamente nula. La ingeniería genética permite el acceso y manipulación directa de los genes rompiendo las barreras impuestas por la divergencia genética. Esta tecnología nos permite no sólo introducir en una planta genes procedentes de otras especies vegetales sino también de animales y microorganismos. De esta manera se obtienen plantas transgénicas, es decir, portadoras de un gen ajeno o exógeno que se denomina transgén. Surge el término de transgénicos u organismos genéticamente modificados (OGM), que son seres vivos a los cuales se incorpora uno o más genes de otras especies, a fin de conferirles determinadas características nuevas. En las plantas transgénicas se han usado genes de vegetales, animales y bacterias para conferirles características puntuales como resistencia a químicos, a condiciones ambientales adversas, (salinidad, sequía, exceso de humedad), a insectos, hongos, bacterias, virus, etc.

Mientras tanto las estadísticas muestran que en el mundo se cultivan 74* de soya, 47*de maíz, 21* de algodón En nuestro entorno Brasil cultiva 25.4*, Argentina 23*, Paraguay 2.6*, Uruguay 1.1*.(*Millones de ha). Del total de agricultores que cultivan transgénicos en todo el mundo el 93.5% son agricultores pequeños. La agricultura en general ocupa   1.400.000 000 de ha; donde cerca de 16 millones de agricultores sembraron 192 000 000 de ha de variedades genéticamente modificadas, un promedio de 13.7 ha por agricultor.

Obviamente que el cultivo de variedades transgénicas no debe ser considerado como la solución única y definitiva respecto a la alimentación mundial, donde por lo menos 1/3 sufre hambre y los otros 2/3 desechan millones de toneladas de alimentos a la basura o se sobrealimentan causando actualmente uno de los principales problemas de salud como es la obesidad. En un mundo tan dinámico como el actual, oponerse a tecnologías propias de la evolución científica/tecnológica producto de la inteligencia humana, involucionando a la práctica de la lectura de las arrugas de venerables ancianos, es un despropósito sin igual. Existen muchos ejemplos (Stalin, Mao, Castro, Chávez, etc.), impusieron ideologías políticas utópicas sobre la agricultura resultando en resonantes fracasos y en hambrunas y más de 120 000 000 de humanos muertos. La tecnología de la transferencia de genes es sin lugar a dudas un gran avance científico y un gran logro de la inteligencia humana, sin embargo, debe manejarse con cuidado y siempre dentro de un marco ético e inteligente. Prohibir los cultivos transgénicos solo por ideología o supuestos daños al ambiente o a la biodiversidad es una estupidez que parte de la ignorancia atávica que caracteriza a cierto grupo de oligoides funcionales que hoy por hoy pueden decretar un futuro de hambre y de carencia de materias primas para las generaciones de mañana. Inteligente es respetar y apoyar a la ciencia en todas las instancias de manera que a la luz del conocimiento científico se pueda definir la seguridad en todos los aspectos con el uso de uno u otro cultivo genéticamente modificado.

Específicamente, si se trata del cultivo de plantas transgénicas, la implementación de las mismas debe estar íntimamente relacionado con estudios y observaciones estrictamente científicas y no basadas en ideologías retrógradas, utópicas y pasajeras. La liberación de cultivos genéticamente modificado debe ir acompañada de un compromiso del agricultor de manejar su cultivo con la responsabilidad que se le debe exigir a todo agricultor.

El futuro de la sobrevivencia humana en lo sucesivo no depende de la habilidad de manipular la verdad y las estadísticas e influir en mentes primitivas circunstancialmente en conflicto con la ciencia, sino depende de aquellos que leen, estudian e investigan sin ataduras atávicas, ideológicas, políticas y económicas poco éticas.

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