Opinión

Los vientos del ayer

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1 de septiembre de 2017, 4:00 AM
1 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Dizque hace 30 años, Santa Cruz tenía 300.000 habitantes. Las realidades, a la fecha, han cambiado mucho. Es que el cambio es la dinámica de la vida. Vemos que todo cambió en el mundo y obviamente en nuestra ciudad. Hay muchos cambios hoy en día, que no es lo mismo que decir que hay varios tipos de cambio, porque eso es meterse con moneda extranjera.

Tampoco quiero hablar del cambio climático, porque es un tema para necrológicos no para una columna que pretende robarle a usted una sonrisa. Sin embargo la menciono, porque los vientos del ayer eran otros vientos.

Nos decían Santa Cruz de la Tierra porque el viento rastrillaba las calles cubiertas de arena y ella era parte de nuestra epidermis y, aunque la aislábamos bañándonos con tutuma, era tan fuerte el apego a la tierra, que era difícil desprenderse de ella. De haber ventoleras siempre las hubo pero las de ahora son bravas. Aprietan acelerador a fondo porque cada vez hay menos árboles donde chocarse y la autopista del llamado progreso, está pavimentada en toda la ciudad.

Yo le tengo una bronca especial al viento en general. Si el de ayer nos llenaba los ojos de tierra, hoy nos borra de la vista, esas faldas campanas que usaban las muchachas y era menester ir a la Pascana para verlas pasar por la esquina de la catedral, lidiando con su ropa, mezquinando sus rodillas. Alguna descuidada, por suerte no nos privaba de verle las piernas. Hoy esa emoción ya no existe. No necesitan ponerse falda, ni nosotros esperar en una esquina a ver piernas. Hoy salen en jeans y/o empantalonadas. Ni un tornado permite nuestra impertinencia porque ya la emoción no es la misma, aunque obviamente el panorama nos hace olvidar de nuestras nostalgias del ayer.

Pero mi bronca principal es que, justo cuando los árboles se visten de primavera, pintan grafitis de amor en las calles con flores blancas, lilas o amarillas, el viento aguafiestas las lanza al suelo para hacer un tapete de colores que se pisan al paso. No hay derecho que la naturaleza nos haga eso; es lo mismo que meterse un autogol y eso, da rabia. Mientras más fuerte sopla el viento, mucho menos viven las flores. Dios tendría que intervenir en esta agresión, pero por ahí nos dice: “Sois vosotros los que desmontaron los bosques para convertirlos en condominios, así que;¡ iros al demonio!” y el demonio se nos reiría en nuestras caras destempladas porque el viento nos trajo ¡el caraculismo primaveral!   

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