Opinión

Los viñedos de Charagua

Adhemar R Suárez Salas 20/8/2020 05:02

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Recorrer las campiñas de Charagua, al pie del imponente Aguaragüe, con sus serranías azuladas y recortadas por caprichosas figuras geográficas, constituye un deleite, máxime si en uno de sus recodos y a poca distancia de la plaza principal, se levantan los viñedos verdolagas cultivados con pasión benedictina por uno de sus hijos predilectos, el Dr. Julio Salek Mery, quien junto a su esposa Charito y su familia han reflotado la añeja fama de este bastión patrio, apodado por ello como el “Rey de la uva cordillerana”.

En los viñedos del ex rector de la universidad moreniana, conocido entre sus amigos como “Juliño” se cultivan una gama de este elixir: blanca, negra, moscatel y francesa, que desde hace cuatro años ha ganado la vitrina de los supermercados cruceños. Con la etiqueta de “Uva fresca de mesa, ecológica, sin agroquímicos”, sus lujuriantes racimos, han merecido los más laudatorios comentarios. Es una tarea ímproba realizada “a puro pulmón”, porque escasea la ayuda económica y el aporte tecnológico por parte del Gobierno departamental es nulo.

Antaño, hubo fiestas de la vid, se prepararon vinos naturales, otros fermentados y cuando eran bebidos podían volverse a sentir el largo trabajo del sol, los elementos y la fertilidad de la tierra; algo de ello estaba en el fruto y ahora en la bebida de ese vino estival. Más allá los lagares (bateones) donde los campesinos pisaban con ruidosa algarabía el fruto para convertirlo en mosto y en caldo. Todo provenía de una fuente generosa y se sucedía en el ciclo de las estaciones. 

La tradición vitivinícola en la Benemérita Ciudad se desprende desde comienzo del siglo pasado cuando llegó a estas tierras el empresario italiano, Casimiro Bossi, quien cultivó las mejores cepas de la región en las faldas de una colina próxima a “Piedritas” en la actual propiedad “Oasis de Lucila”. A este extravagante “tano” se unirían luego sus epígonos Carlos Gutiérrez, el ruso Quiviskoski y su cónyuge Guadalupe Domínguez, René Webbe, Ana Peralta, Sandalio Salas, Felipe Salek y otros viñadores que han refrescado sus floridos patios con hermosos parrales. ”El charagüeño es el mejor anfitrión porque ofrece a los visitantes los racimos más apetitosos”, decía el doctor Pedro Rivero Mercado, que escribió una bella biografía del filántropo Ramón Darío Gutiérrez, en el establo de Itaguazurenda (lugar de la piedra grande). 

Pero volviendo a los viñedos del Dr. Julio Salek, resulta gratificante enaltecer el trabajo fecundo que alrededor de sus vides lleva adelante desde hace casi un quinquenio. Su objetivo principal es el de producir y comercializar las distintas variedades de uvas bajo el lema. “Pruebe y convénzase que este producto es el mejor”. Las plantaciones se esparcen a lo largo y ancho de surcos bellamente dispuestos en un área que supera las cuatro hectáreas. 

Como homenaje al espíritu emprendedor de los nuevos vitivinícolas cordilleranos, espigo a continuación parte de un poema que escribí siendo adolescente sobre este prodigioso manjar: “Baya, redondeado de colores mágicos/Que nace en racimos y crece en serpentinas/Primorosa, iridiscente y dulzona/Surge en tus olivos campos y en las laderas/Contigo no hay otoños, sólo primaveras/Uvas encantadas que nos embriagan/Uvas que saben a miel, a uva verdeja/Los dioses sucumbieron a tus delicias/Y tu gozo se enseñoreó en los Cielos/Quien te inventó fue una mano divina.