Hay acontecimientos que no deben pasar inadvertidos, ya que revelan mucho más sobre un país que los grandes discursos. La reciente polémica por la designación de Zvonko Matkovic Ribera al frente de una empresa estatal con sede en Cochabamba es uno de esos casos. No porque el debate deba girar alrededor de una persona. Ni siquiera porque toda designación pública no deba estar sujeta al escrutinio ciudadano. Debe estarlo. La pregunta correcta nunca ha sido quién ocupa un cargo. La pregunta correcta es con qué criterio juzgamos si puede ocuparlo.
Si alguien carece de capacidad, experiencia o integridad, corresponde demostrarlo. Pero si el principal argumento para objetarlo es el departamento donde nació, entonces el problema ya no es un nombramiento. Es la idea misma de nación.
Porque una nación comienza a debilitarse cuando el lugar de nacimiento pesa más que la condición de ciudadano. Cuando el certificado de origen empieza a valer más que el mérito. Cuando la geografía pretende imponerse sobre la ciudadanía.
Durante décadas, Bolivia ha sufrido divisiones de toda naturaleza. Nos dividieron entre oriente y occidente.Entre campo y ciudad. Entre indígenas y no indígenas. Entre cambas y collas. Ahora parecería que comenzamos a levantar otra más: la frontera departamental. Como si el simple hecho de haber nacido en un lugar limitara el derecho de servir al país desde otro.
Si aceptáramos ese principio, ¿qué impediría que cada departamento reclamara como propias las instituciones instaladas en su territorio? Después vendrían las provincias. Luego los municipios. Y finalmente cada comunidad terminaría creyendo que el Estado le pertenece por proximidad geográfica. No habría ciudadanía. Habría jurisdicciones emocionales. No habría servidores públicos. Habría representantes territoriales. No habría Bolivia. Habría pequeños espacios de pertenencia cada vez más estrechos.
Paradójicamente, existe una región cuya historia demuestra exactamente lo contrario. Santa Cruz nunca construyó su crecimiento preguntando a las personas dónde habían nacido. Preguntó si estaban dispuestas a trabajar. A emprender. A invertir. A formar una familia. A construir futuro. Millones de bolivianos encontraron allí oportunidades que transformaron sus vidas. No porque alguien les preguntara su lugar de origen, sino porque fueron incorporados a una comunidad que entendió que el desarrollo no nace de excluir, sino de sumar. Ese fue, probablemente, el mayor acierto histórico de Santa Cruz.
Comprender que la hospitalidad no consiste únicamente en abrir una puerta. Consiste en reconocer plenamente al otro como parte de la comunidad. No como un invitado permanente. No como alguien tolerado. Sino como un ciudadano con los mismos derechos, las mismas responsabilidades y la misma dignidad.
Esa cultura convirtió al extraño en vecino. Al migrante en participante. Y ayudó a construir una de las experiencias de integración social más extraordinarias de la historia boliviana. Un verdadero laboratorio social boliviano.
En síntesis, la mayor contribución histórica de Santa Cruz no ha sido solamente producir riqueza. Ha sido demostrar que una sociedad abierta, hospitalaria e integradora puede convertirse en una forma distinta de construir nación.
Por eso resulta preocupante que hoy resurja un criterio exactamente inverso. Que el lugar de nacimiento vuelva a convertirse en un argumento político. Porque ese camino no termina en un debate sobre un cargo. Termina debilitando la idea de una comunidad nacional.
Las democracias modernas no se construyen sobre la sangre, el origen o la procedencia. Se construyen sobre una convicción mucho más poderosa: que todos los ciudadanos pertenecen por igual a la República y que su derecho a servirla depende de sus capacidades y de su conducta, no de las coordenadas inscritas en su certificado de nacimiento.
Bolivia necesita defender a sus regiones. Necesita autonomías profundas y fuertes. Necesita identidades culturales vigorosas. Pero ninguna de esas causas puede sostenerse sobre la negación de la ciudadanía común. Porque las autonomías fortalecen la nación cuando distribuyen recursos y responsabilidades, pero la debilitan cuando distribuyen pertenencias.
El gran desafío boliviano nunca ha sido lograr que un cochabambino piense como un cruceño, o que un cruceño piense como un paceño. El desafío ha sido, y sigue siendo, que todos puedan reconocerse como bolivianos sin que ello les exija renunciar a sus identidades regionales. Ese equilibrio explica la fortaleza de las naciones maduras. Y su pérdida anuncia siempre tiempos de fragmentación.
Quizás por eso la discusión de estos días sea mucho más importante de lo que parece. No trata sobre una persona. Ni sobre un cargo. Trata sobre la pregunta más elemental que puede hacerse una República. ¿Seguiremos siendo ciudadanos de un mismo país o comenzaremos a tratarnos como extranjeros dentro de nuestras propias fronteras?
Porque una patria no empieza a romperse cuando cambian sus gobiernos. Empieza a romperse cuando deja de reconocer como propios a todos sus ciudadanos. Y ninguna nación puede aspirar a un gran futuro si primero convierte su mapa en una colección de pequeñas patrias enfrentadas entre sí.