Escucha esta nota aquí

Podría ser una historia macabra. Luis Barragán (1902-1988) fue uno de arquitectos más importantes de México, responsable de obras de envergadura mayor como las Torres de Satélite en la Ciudad de México o el Faro del Comercio en Monterrey. Su reconocimiento nacional e internacional estuvo respaldado en los premios acumulados. Tras su muerte, sus restos fueron a la Rotonda de los Jaliciences Ilustres (en Guadalajara) donde descansan los personajes célebres. Hasta aquí, todo normal.

Hace dos años la artista Jill Magib hace gestiones con algunos de los herederos y deciden exhumar los restos cremados del laureado arquitecto para realizar un diamante como parte de su propuesta estética y política. Y proceden.

Transitando por oscuros pasillos que permiten la interpretación jurídica a conveniencia, con el beneplácito de las autoridades acuden a la tumba de Barragán, abren el sarcófago, sacan la caja con las cenizas, extraen los 500 grs. requeridos para el diamante en una bolsa de plástico, lo pesan en una balanza electrónica, y vuelven a sellar todo como si no hubiera pasado nada. Cenizas en mano, Magib parte al extranjero a proseguir su objetivo.

¿Por qué semejante profanación? Argumentos siempre hay. Por múltiples razones propias del mercado del arte, el archivo del arquitecto le pertenece a la Barragán Foundation y está en Suiza. Se dice que la venta del anillo con el diamante permitiría devolver a México el acerbo, esa sería la intención.
En abril se inauguró en el Museo de Arte Contemporáneo la exposición de Magib titulada Una carta siempre llega a su destino, donde se exhibe tanto el anillo en cuestión como un video con todos los detalles morbosos de la exhumación. En la presentación, se explica la propuesta transgresora de la artista que se caracteriza por “la intersección de los aspectos personales, legales y artísticos del legado cultural y examina la noción de propiedad en términos tanto del cuerpo de trabajo como del artista". Sobre la exposición particular en el MUAC se afirma que “el fin no es solo presentar el controversial conjunto de obras, sino también compartir con el público su cuestionamiento del modo en que el legado modernista ha pasado crecientemente a estar bajo el dominio privado y el corporativo en el marco del capitalismo global". 

El episodio plagado de oscuros argumentos ha generado revuelo en el mundo intelectual. Se ha cuestionado a los herederos, a las autoridades, a la UNAM, y a la propia Magid. 

El domingo decidí ir al MUAC con toda mi familia. Les conté a mis hijas la historia para que estuvieran al tanto de lo que iban a ver. Pasé por cada una de las salas intentando entender o sentir la propuesta de Magid, pero cuando llegué al video y finalmente al diamante, me invadió el desconcierto. Estaba frente a los restos humanos transformados, y, con el perdón de mis lectores laicos como yo, finalmente mi herencia católica me obliga a persignarme ante los muertos. No pude y no quise ver el diamante como si visitara Tiffany en Nueva York. Estaba frente a los restos de un hombre extraordinario sometido, tras su muerte y sin su consentimiento, a los caprichos de quienes lo sucedieron. 

Lo que pretende ser una crítica del ‘capitalismo global’ -de acuerdo con Majib- provoca el efecto contrario: introduce al mercado las cenizas de Barragán permitiendo el manoseo propio de los hombres de negocios. ¿A dónde vamos a llegar si otras personas siguieran las ocurrencias de la artista? ¿cuánto costará un anillo hecho con los restos de John Lennon o del Che? ¿cuándo se legalizará profanar las tumbas de los célebres para someter sus restos a procesos de conversión en diamantes con un valor en el mercado? Majib abrió las puertas muy sensibles de la condición humana respecto del tratamiento de la muerte y de los cuerpos. Y lo hizo con una irresponsabilidad peligrosa que puede conducirnos a escenarios alucinantes. Por lo pronto, lo más conveniente parece ser o morir en el anonimato, o tener asegurada la entereza de los herederos. 

Comentarios