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12 de abril de 2018, 4:00 AM
12 de abril de 2018, 4:00 AM

Lula está preso porque fue hallado culpable por la justicia de su país en un mega caso de corrupción que se ha cargado a mucha gente dentro y fuera del Brasil, y cuya investigación está lejos de terminar. Esos son los hechos en frío. ¿Cuál es el margen para los matices y las interpretaciones políticas? ¿Me gusta que las cosas hayan terminado así? ¿Me conviene políticamente en función a mis intereses y simpatías políticas locales? ¿Es este un buen o mal precedente para la política en general? Esas ya son otras cosas, menos evidentes, sobre todo en momentos en los que, al calor de las noticias, dejamos que nuestros primeros impulsos se apoderen de nuestra voz.

Comienzo diciendo entonces que, como seguramente les ha pasado a muchos, he tenido que enfrentar sentimientos encontrados; por un lado no me ha gustado nada ver a un hombre de esa talla, cuya figura y cuyo Gobierno significaron tanto para tanta gente, rifar de esa manera su legado histórico. Me dolió más bien esta nueva constatación del derrumbe de un proyecto de izquierda regional que no estuvo a la altura de toda la energía social que lo respaldó y que no pudo cumplir con lo encomendado, pese a haber tenido todas las posibilidades. A los que no sentimos nostalgias del pasado, aparte de la enorme frustración, eso nos deja el desafío de repensarlo todo. 

Me apenó que, en su desgracia, se lo hubiera puesto en la misma bolsa que los Chávez, los Maduros, los Kirchner y los Evos, olvidando que, a diferencia de estos, el Gobierno de Lula fue plenamente democrático y nunca se embarró en las maniobras para reelegirse y perpetuarse en el poder. Pero ni eso, ni los logros de su gestión, ni su enorme popularidad en Brasil y en todo el mundo me pueden hacer pasar por alto el hecho de que él y su Gobierno reprodujeron las mismas prácticas de corrupción que tanto criticaron y que estaban llamados a abolir.

No estamos hablando del departamentito triplex que la OAS le regaló, sino de una gigantesca estructura de corrupción vinculada a las más grandes empresas brasileñas, de la cual obviamente es imposible que no haya estado enterado. Metieron la mano en la lata y están pagando.
Que los muchos enemigos que tiene debieron aprovechar para cobrarle por todo lo que hizo y lo que no hizo, no lo dudo, así como tampoco de que la derecha dura brasilera es un verdadero asco.

Pero eso no puede absolverlo de un delito que, en su caso, se ve peor que en los de siempre. Porque si no, tendrían que cambiar la ley por una que diga que si lo hiciste bien en tu Gobierno, estás autorizado a robar tanto y, si la gente además te quiere, entonces puedes robar otro tanto.
¿A usted le parecería una cosa así?
Por último, para los que se alegran de que el padrino y hermano mayor de Evo Morales esté mirando el sol a rayas, cuidado que la victimización de Lula funcione acá mejor que en el Brasil y el efecto deseado termine siendo el contrario. En todo caso, insisto: el tema de las empresas camineras y la corrupción está lejos de terminar allá y recién está por comenzar acá, a pesar de los pataleos de los parlamentarios del MAS, que quieren que se investigue todo, menos a la OAS.

¿Curioso, no? Sobre todo cuando uno recuerda la imagen de Lula, ya como expresidente, llegando a Bolivia en un avión de la OAS, patrocinado por la OAS y haciendo lobby para que la OAS construya el camino por el medio del Tipnis.

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