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La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones francesas ha sido considerada por muchos la medicina adecuada para una comunidad europea que está en cuidados intensivos.  Con el surgimiento de movimientos críticos de Bruselas y sus políticas de austeridad floreciendo por doquier en el Viejo Continente, la llegada de un europeísta al Gobierno de la segunda potencia del bloque es un motivo de celebración para quienes todavía creen en la comunidad de naciones. 


Por el momento, esa medicina sirve para frenar el avance del escepticismo y los proyectos de corte populista: síntomas del mal. El desafío, lógicamente, es constituirse como un tratamiento que logre atacar la verdadera enfermedad.


Hay que tener claro que su victoria no le pertenece del todo y se enmarca más en la lógica del mal menor. Además de la amenaza de Marine Le Pen y la de ultraderecha, su presidencia no habría sido posible sin el descrédito de los partidos tradicionales y el hartazgo de una sociedad que siente que la torta no está bien repartida. 


No ver este factor sería como hablar de Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa o los Kirchner sin tomar en cuenta las profundas crisis institucionales que los antecedieron. 
En el caso de la Unión Europea, la verdadera enfermedad tiene varias caras. La más compleja de ellas es la sensación generalizada dentro de la comunidad de que alguien está teniendo mayores beneficios que los demás socios y que, sin una evidencia material y concreta, impulsó a los británicos a inclinarse por abandonar el barco. 


Se trata de una crisis de discurso en donde la solidaridad y la unión dejaron de ser valores incuestionables y la idea perversa y errónea de que la llegada de inmigrantes y refugiados pone en peligro los valores occidentales y deja de lado a los ciudadanos europeos de escasos recursos.
Tras la crisis financiera y la posterior crisis de la deuda europea, los habitantes de la UE no pueden evitar sentir que están pagando por algo que no les corresponde con reformas fiscales que apuntan a reducir el estado de bienestar. 


Al mismo tiempo, en muchos países de lo que se conoce como ‘periferia europea’, persiste la sensación de que no importa quién los gobierne, mientras se encuentren en la Unión Europea será Bruselas quien dirija sus destinos. La victoria de Macron no puede ocultar que 10 millones de franceses apoyaron a Le Pen y su discurso nacionalista y totalmente contrario a la permanencia de Francia en la Unión Europea. 
Esta nueva oportunidad para repensar el proyecto europeo tiene el desafío de convertirse en un antibiótico que ataque las verdaderas causas del malestar europeo y sea más que una aspirina que disipa los síntomas de una enfermedad por la cual puede desfallecer en cinco años más. 


Sin embargo, la encrucijada es esta: el nuevo presidente galo se ha presentado precisamente como un continuador del proyecto europeo ante el cual han aparecido voces críticas dentro y fuera de Francia. Así, su apoyo a las políticas de austeridad fiscal, el cierre de fronteras y liberalización de la economía, pueden tener un efecto contraproducente y alimentar a los partidos rupturistas, como el Frente Nacional, de Le Pen, o Francia Insumisa, del izquierdista Jean Luc Melenchon. 


Con un esperado triunfo de los europeístas en Alemania -bien con la democracia cristiana de Merkel o con los socialdemócratas de Schulz-, la Unión Europea ha comprado tiempo para reencantar a sus ciudadanos. Algo que sin duda no podrá hacer manteniendo las mismas políticas que los llevaron a temer su final con cada elección presidencial. 

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