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El “Mago” Mariano Baptista Gumucio

Sabado, 25 de abril de 2026 a las 04:00

Tenía cinco años la primera vez que escuché mencionar al “Mago Baptista”, aunque debo haberlo escuchado desde siempre, ya que Augusto Céspedes lo traía a colación junto a sus recuerdos de cuando, como embajador de Bolivia en Roma, recibió a Mariano, un jovencísimo primer secretario ante esa delegación situada en Parioli e inauguraron una amistad que duraría toda la vida. Céspedes conoció al “Mago” en el aeropuerto de “El Alto”, donde llegó en el avión tripulado por el capitán René Barrientos Ortuño, que trasladó a los revolucionarios de Buenos Aires a la sede de gobierno luego del triunfo de la Revolución de 1952. Fue entonces que el “Flaco” Gumucio, tío de Mariano y futuro gestor de grandes emprendimientos que impulsaron al país durante el gobierno del MNR, los presentó en medio de las riadas de entusiasmo y conmoción que envolvía a los correligionarios quienes no veían la hora de instaurar en el país la Revolución Nacional tan largamente acariciada. Decía también que el veinteañero Baptista fue el secretario presidencial de la República de Bolivia más joven del que se tenga noticia.

La verdad es que al “Mago” Baptista me lo imaginaba distribuyendo encantamientos y pociones a su paso, suerte de Merlín barbiespeso, entunicado y provisto de varita mágica. Gran chasco me llevé cuando finalmente lo vi en la sala de la casa de calle Socabaya a su regreso de Caracas donde estuvo exiliado. Era un hombre distinguido y sonriente que junto a otros personajes complotaba contra el entonces “traidor” Barrientos Ortuño. Hundidos todos en una nube de humo de cigarrillos, mares de café, whisky y milanesas encargadas en el “Marilyn” durante innumerables tardes a dos cuadras del Palacio de Gobierno resolvían lo imposible. Recuerdo claramente un delgado y grave Sergio Almaraz –como doliente de su propia y temprana partida-, un efervescente Zabaleta -quien según Céspedes escribía en “difícil”-, un Marcelo Quiroga Santa Cruz parco y un exuberante José Ortiz Mercado de carcajadas resonantes y contagiosas. De ese selecto grupo de intelectuales salieron los “ovanductos”- como los bautizó el autor del Dictador Suicida a los ministros más jóvenes y brillantes que acompañaron al gobierno del presidente Ovando y formalizaron la nacionalización de YPFB y la expulsión de la Gulf Oil. Mariano Baptista fue uno de ellos, ocupó la cartera de Educación en esa oportunidad, y desde entonces se convirtió en un referente, ya que llevó a cabo el programa más comprometido que se haya intentado en el país para desterrar el analfabetismo. El autor de obras pedagógicas como ser: “Una escuela para la vida”, “Alfabetización, un programa para Bolivia”, “Salvemos a Bolivia de la Escuela”, “Antología Pedagógica de Bolivia”, proponía nuevas maneras de enseñar y barría un sistema escolar vetusto y abrumador.

Cuando la revolución movimientista sacudió los cimientos de un modelo feudal, Mariano Baptista, colaborador del presidente Víctor Paz Estenssoro, formaba parte de la juventud idealista que ansiaba justicia social, también era columnista del periódico La Nación. “Revolución y Universidad”, publicado en sus años universitarios fue su primer libro de la cincuentena que vendrían. “Es difícil decir por qué empieza uno a escribir. En mi caso creo que fue el deseo de comunicarme con algunas gentes, de transmitir y difundir temas que me parecen relevantes” afirma, y así le debieron parecer la obra, vida y pensamiento de Franz Tamayo, José Cuadros Quiroga, Alcides Orbigny, Man Césped, Carlos Medinaceli, Augusto Guzmán, Walter Guevara Arce, Augusto Céspedes, Carlos Montenegro, Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela. Asimismo, publicó varias antologías y con “Los días que vendrán” ganó el Primer Premio Nacional de Ensayo. El escritor confía que si tuviera que escoger un autor para que lo acompañara en su último viaje sería Nikos Kazantzaquis y que Ray Bradbury lo impresionó. Creo adivinar que la lucha por la libertad, el desahucio de esperanza, el grito partido que representa la voz del autor cretense y la crítica de Bradbury a la sociedad moderna, la deconstrucción de sociedades distópicas e indeseables que espejan lo que nos convertiremos si seguimos trastocando nuestros valores están en el espíritu del hombre que busca el “hilo rojo”. La “llama” que todo hombre que se respeta debería buscar.

Mariano parece haber tenido muy en claro desde los tempranos días de su niñez, transcurridos en Cochabamba, en los que su tío Gonzalo Gumucio lo inició en el “peligroso” hábito de la lectura, que ese era el dintel de la puerta que abría el universo de la imaginación, que el conocimiento humano que se adquiere a través de las páginas de un libro es ilimitado, y que es el mayor bien que se le pude desear –y facilitar- a otro ser humano. Sensación reforzada cuando fue subdirector de la Biblioteca Nacional de Sucre en los meses de 1952. Imagino que el lector ávido que era, comprendía la urgencia de la creación de bibliotecas, -entonces y todavía tan escasas en el país-, por eso es que cuando asumió el Ministerio de Educación y Cultura inauguró el Banco del Libro y la Biblioteca Infantil y Juvenil “Oscar Alfaro que formaban parte de un plan de fomento de la lectura y dotación de bibliotecas pedagógicas y 150.000 libros al magisterio y diccionarios y mapamundis, la refacción, restauración y entrega de establecimientos educativos y la creación de repositorios de arte en variados departamentos. Gestiones que lo hicieron merecedor de “La bandera de oro”, condecoración extendida por el Senado de Bolivia en mérito a su larga labor en servicio de la Educación y la Cultura. Adentrarse en la trayectoria del tres veces ministro de Educación es recorrer una larga lista de premios en los que figuran: El “Andrés Bello” concedido por la Organización de Estados Americanos, la medalla Pahlevi extendida por la UNESCO, el Premio Nacional de Gestión Cultural “Gunnar Mendoza”. Distinciones sobradamente merecidas a su quehacer de más de cinco décadas creyendo que nuestra verdadera riqueza está en las personas y en su cultura.

Intelectual polifacético, fue director de “Última Hora” durante catorce años, creador de la revista “Semana” y de la “Biblioteca Popular”, corresponsal, gerente general de la Empresa Nacional de Televisión Boliviana, corresponsal y responsable de programas televisivos. Como periodista veló porque la información reflejada por los medios de comunicación por él dirigidos no fuera escondida, adulterada o falseada y siempre reprochó la falta de comunicación en el país, culpabilizando a ello el atraso.

La casa de Mariano está atestada de libros, cuadros, antiguallas. Ella es fiel reflejo de su pasión por la literatura, el arte y la historia. Este recuperador nato de documentos, objetos, historiador, investigador, respetuoso de la memoria, tuvo la sensibilidad para darse cuenta de que el pasado hay que recopilarlo, inventariarlo, porque él es nuestra identidad. Solo él nos explica lo que fuimos y lo que seremos. Josep Barnadas anota que el primer paso para la comprensión de la historia es reconocer cabalmente que ese pasado es propio y reconciliarse con él. Historia Contemporánea de Bolivia, Otra Historia de Bolivia, Potosí, Patrimonio Cultural de la Humanidad, El mundo desde Potosí, son de su autoría. “Esconder nuestras debilidades y deficiencias no contribuirá a edulcorar nuestro pasado, ni a mejorar nuestro porvenir. Por el contrario, el reconocimiento de lo que hemos sido, sin tapujos ni gazmoñerías, puede servir para un examen de conciencia y un propósito serio de rectificación. ¿No fue el propio Bolívar quien dijo que “no pertenecen a la historia ni la falsedad ni la exageración sino tan solo la verdad?” escribe Baptista.

El ex candidato a la Vicepresidencia de la República por el MNR en las elecciones de 1966 y ex embajador proviene de una familia de bolivianos que amaron y lucharon por su país, es partidario de la No Violencia y mantiene un compromiso irrenunciable con la promoción cultural. “La cultura que heredamos” es una serie de ensayos sobre las dos vertientes, la española y la indígena que han conformado nuestro ser nacional”, anota Alfonso Gumucio Dragón. Creo precisamente, que ese “ser nacional” y su mundo interior inconformista fueron los que desde la adolescencia llevaron a Mariano, primero a las filas del MNR y luego a escribir, a combatir una sociedad superficial, ignorante, insensible, a dedicar su vida a transformarla a través de la culturización.

Desde 1999 hasta hace poco Mariano recorrió las cuatro esquinas de nuestro territorio ayudándonos a descubrir Bolivia a los bolivianos en su programa televisivo “Identidad y Magia de Bolivia”. Viajero solitario con su cámara de bolsillo en ristre y su voz amable conduce y graba personalmente “Voces en Libertad”, emisión en la que entrevista y resalta la obra de escritores, historiadores, artistas plásticos, escultores, músicos que aportan al país con su labor creativa. Bolivia “tiene una diversidad fantástica y hay personas verdaderamente excepcionales, por su talento, su entereza, su creatividad”, señala.

Para mí el “Mago” Baptista es un verdadero hierofante de la consecuencia, un defensor a ultranza de nuestro patrimonio artístico y cultural y de nuestra memoria. Puso sal en la llaga de la enseñanza y propuso reformas educativas profundas, atacando la raíz de la educación decimonónica que formaba a nuestros niños hasta hace poco. Siempre tuvo la certeza de que armar de letras a los iletrados era encender la luz en la oscuridad más estéril y la mejor manera de encarar el futuro como país. Este humanista incansable parece desafiar al tiempo, opta por no claudicar, mantiene una vigencia heroica en un mundo de jóvenes. La memoria pasmosa y el andar ligero, da la impresión de un hombre a quien la juventud se niega a abandonar. Los grandes hombres son así, atemporales, su inteligencia los mantiene actuales de por vida, y, de muertos, su obra permanece sólida, blindada y presente.

(*) Luisa Fernanda Siles es escritora

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