20 de junio de 2022, 4:00 AM
20 de junio de 2022, 4:00 AM


Después de las elecciones donde se había decidido, entre otras medidas, poner coto a los dinosaurios y vividores de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, surgen denuncias con ribetes de escándalo que ponen en vilo a la comunidad educativa. Cuando se habla de acoso, chantaje y violación, las familias involucradas se aterran y la preocupación corre como reguero de pólvora en el entorno universitario. 

Es que se han dado a conocer varios casos de violación y de acoso permanente de un decano y al menos un docente que hostigaron a estudiantes durante un largo tiempo.

Se conoce que estas nefastas prácticas no son solo de ahora. Es un secreto a voces que se llevan adelante mediante distintas metodologías y que las denuncias son pocas por temor al escarnio público, las amenazas sostenidas y los chantajes que ejercen estos energúmenos en detrimento de las jóvenes estudiantes.

El decano de la Facultad Integral de la Chiquitania (Faichi) de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, Carlos Villca, fue enviado a la cárcel de Palmasola acusado de los delitos de violación y lesiones graves a dos estudiantes de esa casa de estudios superiores.

En las denuncias llevadas a cabo ante la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia (Felcv), las alumnas revelaron que fueron citadas con engaño por el funcionario universitario junto a otro docente a un domicilio de esta capital, donde les invitaron bebidas alcohólicas que les hicieron perder la conciencia al momento que cometieron el flagrante delito de violación. Ayer, el docente involucrado fue acusado de violación agravada y detenido en forma preventiva por 120 días en el mismo penal.

Una deleznable práctica que se lleva a cabo en varios entornos universitarios donde ‘la farra’ se transforma en delito colectivo.

Es momento de tomar valor y denunciar estos atropellos, estas violaciones y este tipo de degradaciones que, desde el poder, ejercen algunos indeseables bajo la mirada cómplice de otros. Varias instancias lo saben, pero lo callan. Esta forma cobarde de guardar silencio no es el camino correcto para seguir en una zona de confort falsa que tarde o temprano llegará a su fin.

Las máximas autoridades y los ilustres consejos deberán poner las ‘barbas en remojo’ y escanear a cada uno de los miembros de las cátedras para extirpar la delincuencia que existe en algunos claustros.

¿Es posible que las familias bolivianas vuelvan a confiar en la Universidad si dentro de las aulas este tipo de elementos continúa con la impunidad y el despotismo? Si algunos encargados de la educación superior tienen la fijación de acosar sexualmente a jovencitas con piropos, roces y otras patrañas, ¿qué clase de servidores estamos sosteniendo, todos los ciudadanos con nuestros impuestos, para una formación digna y loable en beneficio de la sociedad boliviana? 

Estos escándalos deben salir a la luz pública para sanear todos los equipos de trabajo. El personal de la Universidad debe ser analizado rigurosamente con currículos impecables para que ganen los méritos académicos y no la politiquería acostumbrada a ser ‘dueña y señora’ de un sistema arcaico e impune.

Elementos indeseables que manchan la labor de una institución noble y autónoma que construye sociedad y asegura un futuro para que miles de estudiantes se conviertan, año tras año, en profesionales al servicio de un país que los necesita.