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La mala hora de Edmand Lara

Miércoles, 22 de abril de 2026 a las 04:00

La imagen resulta, cuanto menos, elocuente: el vicepresidente Edmand Lara sentado en la testera del hemiciclo parlamentario, hablando a un auditorio inexistente. No había legisladores, no había debate, no había país representado en esa escena. Solo un eco. Y, sin embargo, ese episodio aparentemente anecdótico condensa con crudeza la situación política de quien, a seis meses de iniciada la gestión de Rodrigo Paz, parece haberse quedado sin interlocutores, sin influencia y, lo más preocupante, sin rumbo.

No se trata únicamente de una postal curiosa o de un momento incómodo amplificado por las redes sociales. Es, más bien, un síntoma de aislamiento. Un vicepresidente que habla solo en el Parlamento no solo enfrenta el vacío físico de bancas desocupadas, sino también el vacío político de una figura que no logra articular consensos ni ejercer liderazgo dentro del órgano que preside. La Asamblea Legislativa, que debería ser un espacio de deliberación vigorosa, aparece reducida a escenario de monólogos estériles.

A este cuadro se suma el áspero enfrentamiento verbal con el comandante de la Policía, Mirko Sokol, que elevó el tono de la confrontación a un nivel poco habitual entre autoridades del Estado. La acusación de pretender “manchar” a la institución policial no quedó en el terreno de lo discursivo puesto que fue acompañada por la exposición del historial disciplinario de Lara durante su paso turbulento por la fuerza del orden, incluyendo su baja sin derecho a reincorporación por faltas graves. Más allá de la veracidad o la intencionalidad política de esa revelación, el episodio deja una estela de desgaste institucional que nadie capitaliza y todos padecen.

El problema de fondo es doble. Por un lado, la fragilidad del vicepresidente como actor político dentro del propio Gobierno. La ausencia de presupuesto para la Vicepresidencia no es un detalle administrativo menor porque representa una señal concreta de marginación. Sin recursos, sin estructura y sin respaldo explícito del Ejecutivo, cualquier intento de construir agenda propia se vuelve inviable. Por otro lado, su limitada capacidad de convocatoria en la Asamblea refleja una debilidad que no puede atribuirse únicamente a factores externos. La política, al final, se mide en apoyos efectivos, no en declaraciones altisonantes.

En este contexto, la confrontación con la Policía aparece más como un gesto reactivo que como una estrategia coherente. Lejos de fortalecer su posición, la expone aún más, desplazando el foco desde eventuales cuestionamientos institucionales hacia su propia trayectoria personal. Es un terreno en el que el vicepresidente tiene más que perder que ganar.

A seis meses de gestión, el balance es inquietante. Un vicepresidente aislado, con escaso peso legislativo, sin herramientas materiales para incidir y envuelto en polémicas que erosionan su credibilidad, difícilmente puede cumplir el rol articulador que la Constitución Política del Estado le asigna. La escena del hemiciclo vacío no debería ser leída como una curiosidad pasajera, sino como una advertencia porque cuando la política se queda sin interlocutores, corre el riesgo de quedarse también sin sentido.

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