Opinión

Malditos gastos reservados

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5 de octubre de 2017, 4:00 AM
5 de octubre de 2017, 4:00 AM

Se vanagloria el presidente de que han desaparecido los antiguos ‘gastos reservados’. Han sido desterrados. Ya no existe ese fondo misterioso del Ministerio de Gobierno para atender en secreto y sin límite los problemas de seguridad. Nadie podía saber lo que se gastaba. Nadie podía saber en qué. Nadie le ponía límite. Una bolsa escondida que era permanente tentación y permanente peligro. La palabra mágica ‘seguridad’ protegía con el secreto los gastos de represión y los dineros para el enriquecimiento de Dios sabe cuántos ministros y presidentes. El presidente Evo Morales juró desde el primer día suprimir aquellos gastos reservados. Lo ha cumplido. No volvió a escribirse esa partida presupuestaria.

Ya no hay los antiguos gastos reservados, pero no han desaparecido ni el secreto, ni la oscuridad ni la volatilidad del dinero oficial. No ha desaparecido la licencia absoluta para disponer a escondidas de los dineros del Estado. Ha desaparecido el nombre, pero igual que antes hay enormes gastos y son igualmente reservados. Se cubren gastos igualmente sospechosos y se los mantiene en el mismo secreto.  La población no conoce montos. Nunca se rinden cuentas, pero el presidente se pavonea porque jura que ya no hay ‘gastos reservados’. 

¿Ha escuchado usted preguntar por lo que se ha destinado para los actos en memoria del Che Guevara? Es secreto. Es posible que el ministro de Gobierno no meta la mano en la bolsa, pero sí pudo haber despilfarro. Mientras sea secreto, mientras existan razones para esconderlo, es un gasto reservado. Son incontables las veces que se han pagado largos viajes  de inmensas delegaciones de organizaciones sociales. Se han invitado también a enormes delegaciones extranjeras a diversos eventos. Los llamen como los llamen, son gastos reservados, absolutamente secretos, manejados arbitrariamente y abiertos al enriquecimiento personal.

¿Y el Evo Cumple? El presidente decide en solitario objetivos, montos y destinatarios. Como si se tratara de su tesoro personal, regala obras y proyectos de volúmenes impensables. Distribuye a su antojo cifras exorbitantes de los dineros del Estado. Se reserva el dinero, se reserva el derecho a decidir, se reserva el control, por encima de alcaldes y de gobernadores. Gasto reservadísimo.

Le huye el presidente al desprestigiado nombre, pero no logra zafarse de la vieja práctica. Tenemos la misma falta de respeto a la población y a la transparencia. Tenemos el mismo estilo presidencial de amo absoluto de vidas y de haciendas. Tenemos el mismo abuso de envoltorios y cortinas que esconden la sucia realidad ¿Por qué, si no, esa angurria de poder?

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