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Mami, quiero ser astronauta

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La importancia de la curiosidad en la incipiente aspiración profesional de los niños. Mami, quiero ser astronauta, es la expresión que puede tener un infante fascinado por las estrellas, la gravedad y los planetas que figuran en sus programas televisivos como en los videos buscados por él mismo en Youtube. 

Empero conviene profundizar esta situación y preguntarse ¿Tendrá futuro su realización como tal o es una insignificante fantasía momentánea del infante? O en el caso de una niña boliviana ¿Cuánta probabilidad existe de que eso suceda?

En la infancia la capacidad cognitiva de los niños es muy impetuosa, su nivel de asimilación al igual que sus aptitudes memorísticas son loables e incluso envidiables, pueden aprender los nombres de varios modelos deportivos, automovilísticos, incluso especies de dinosaurios. Esa facilidad de aprendizaje está fundamentada en un proceso biológico conocido como “Plasticidad neuronal” que hace referencia a la capacidad de instaurar nuevos circuitos neuronales con bastante destreza, esta condición es vital y muy activa para el aprendizaje durante la infancia, momento en donde crean una cosmovisión del mundo.

Un rasgo característico de los niños y en el que hacen hincapié científicos como Neil de Grasse Tyson o Steven Hawking es la “curiosidad”; esa conducta instintiva de exploración sobre el medio que nos rodea y que nos permite extraer información y conclusiones. En el caso infantil, es ese deseo de comprender el motivo por el cual las aves vuelan o por qué no se puede introducir el dedo al interruptor. Lastimosamente en la mayoría de los adultos la curiosidad ya no se focaliza en la comprensión del mundo, sino más bien en el morbo.

La curiosidad es el sustrato sobre el cuál debe trabajar el aprendizaje, no es difícil de cultivarlo porque forma parte de nuestra naturaleza, incluso la compartimos con otros animales.

La curiosidad tiene su base neurobiológica para apreciar su importancia. Cuando un estímulo nos resulta interesante y relevante se activa nuestra amígdala en el cerebro (parte del sistema límbico) para que se conecte con el núcleo accumbens y pueda liberar dopamina, neurotransmisor del deseo y de la motivación, que nos impulsa a regir un accionar para conseguir un fin gratificante; en el caso pedagógico, nos promueve a conocer, a buscar fuentes o experimentar situaciones instructivas para que una vez concluidas puedan generar placer a través de endorfinas (sistema de recompensa) siempre y cuando exista motivación autentica, elemento constitutivo de la curiosidad.

Es por eso que necesitamos generar esa afinidad y la búsqueda de satisfacciones intelectuales por medio de la curiosidad, todo radica en consolidar la permanencia durante toda la vida de esa herramienta heurística.

Recuerdo que un día mientras almorzaba en la universidad, frente a mi mesa se encontraba una madre con su hija que aparentaba tener unos 5 años, esta niña había recolectado varios frutos no comestibles de un jardín cercano, después de un rato empezó a extraer sus semillas, a medida que las acumulaba en su mano le preguntó a su madre (refiriéndose a las semillas) “¿Qué son estas bolitas mamá?”, y como respuesta, de una manera disruptiva e impulsiva la madre le quitó los frutos de la mano y las lanzó al piso regañando a la niña sobre el supuesto hecho de llevar consigo “basura”. En este escenario fui espectador de un momento en el cual la curiosidad de la niña en vez de ser premiada o ser respondida con aclaraciones, fue reprendida y desanimada a seguir con su indagación, esta situación podía haber terminado en una posible lección sobre reproducción vegetal, o una posible antesala para moldear el interés de la niña por la biología.

En este caso expuesto podemos verificar que muchas veces como padres coartamos la curiosidad y el interés por conocer el mundo de nuestros hijos, ya sea por ignorancia, descuido, estrés o por falta de tiempo; a pesar de cualquier justificativo, estamos jugando con la aptitud de nuestros hijos con respecto a su interés por “entender el mundo” y no es bueno trivializarlo.

Cuando nuestros hijos aspiran con ser astronautas generalmente les seguimos la corriente alimentando su fantasías y como simples anhelos inmaduros esperamos que esos sueños se desvanezcan por la supuesta “irrealidad” de su aspiración, pero también existen situaciones en donde los padres desde muy pequeños adoctrinan a sus hijos para ser determinados profesionales, constantemente insinúan que serán buenos médicos, ingenieros o abogados, sin trabajar correctamente con sus aptitudes ni con las herramientas necesarias para adecuar su curiosidad hacia las disciplinas que conllevan estudiar esas carreras. Queremos que nuestros hijos sean ingenieros, pero nunca les damos un libro referente a matemáticas didácticas que trabajen su interés y curiosidad o quizá alguna reseña sobre construcciones, megaproyectos u otro tipo de instrumentos didácticos.

Si un niño les dice a sus padres que desea ser astronauta, esa aspiración es posible, pero el trabajo del padre no se limita a aprobar las ideas del niño o a trivializar la idea hasta que desaparezca su interés, el padre necesita proveer y garantizar las condiciones necesarias para que su hijo trabaje sus aptitudes y se prepare con el propósito de lograr su objetivo, si desea ser astronauta como padres debemos primero trabajar con su aprendizaje de inglés, después debemos garantizar su interés por las ciencias y posteriormente fomentar el trabajo físico para que a posteriori pueda optar por una beca u otras modalidades que le faciliten postularse a la NASA.

Entonces ¿cómo estimulamos la creatividad y garantizamos la realización de las aspiraciones profesionales de nuestros hijos? La respuesta es simple, solo necesitamos crear las condiciones que estimulen al niño a aprender de acuerdo a sus aptitudes y deseos, cuando la curiosidad está latente solo necesitamos satisfacerla con los medios adecuados, inducir a que el niño sienta emoción, placer y gusto por aprender, darle libros, contenidos, material audiovisual que instruya de acuerdo a lo que aspira.

Con la neurobiología de la motivación vimos que el deseo por conocer algo nace del interés y genera placer al conseguir su cometido, aprovechemos que estas redes neuronales también facilitan los mecanismos de la atención y concentración que a su vez contribuyen a mejorar y consolidar el aprendizaje.

Es deber de los padres trabajar con las aptitudes de sus hijos desde muy pequeños y no solo delegar esa labor al colegio. Podemos comenzar trabajando la curiosidad de nuestros hijos para que las conserven hasta el último suspiro de su vida, herramienta propia de los niños y de los científicos, para su bienestar futuro porque no hay profesional exitoso que no sea apasionado ni curioso.

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