Escucha esta nota aquí

Como si el país estuviese viviendo la más absoluta normalidad, la Central Obrera Boliviana controlada por el Movimiento al Socialismo de Evo Morales, cocaleros que llegaron hasta La Paz y otros grupos afines a ese partido, marcharon ayer para reclamar al Tribunal Supremo Electoral que “respete” la fecha de las elecciones del 6 de septiembre.

En las imágenes se vio a los marchistas unos al lado o detrás de otros, violando la norma de la distancia social para prevenir contagios por el Coronavirus, pero además con todos los otros riesgos que implica una movilización donde se comparte el agua y las comidas sin mayores consideraciones de higiene o salubridad.

¿Quién empuja a esas personas a realizar una movilización prácticamente suicida en medio de esta emergencia sanitaria que como habrán comprobado ellos mismos existe y no es invento de ningún imperialismo?

A estas alturas hay que preguntarse también cuál es el apuro del MAS para ir a elecciones en medio de tanta enfermedad, dolor, tragedia y muerte de ciudadanos de todas las esferas sociales, porque el virus no discrimina y mata sin mirar ni los bolsillos ni el color de la piel de sus víctimas. 

Si tan seguro está el partido de Evo Morales de ganar las elecciones, ¿cuánto podría afectarle esperar solo 42 días más hasta el 18 de octubre?

Probablemente a Evo Morales y los dirigentes de ese partido no les importa la vida de los ciudadanos cuando ordenan a sus organizaciones afines a salir a las carreteras, avenidas y calles a marchar y bloquear en media cuarentena por la presencia del Coronavirus, pero a los propios marchistas parece no importarles tampoco su propia salud ni la de sus familias.

Actos de protestas como esos superan la posibilidad de una comprensión racional cuando se busca los ‘por qué’ de esas medidas, considerando las razones que llevaron al TSE a mover la fecha de las elecciones por los riesgos que implicaba hacer unos comicios precisamente en la primera semana de septiembre en que se supone que los casos positivos estarán bordeando el pico de la pandemia.

Con esas movilizaciones, Bolivia parecer retornar por la ruta del chantaje de los bloqueos y marchas, y el autoritarismo corporativista -además controlado políticamente por el MAS- y el asedio sobre las ciudades de organizaciones de cocaleros, ponchos rojos, Fejuves controladas y sindicatos como el minero.
No pasaron ni ocho meses desde que el país había desterrado esas prácticas antidemocráticas de las que el MAS hacía uso para perpetuarse en el poder; pero resulta que no estaban desaparecidas, sino agazapadas esperando el momento oportuno para saltar.

Juntos, sectores movilizados y una Asamblea Legislativa completamente al servicio del MAS configuran el país del conflicto permanente, del chantaje movilizado, del “si no me das mi gusto te bloqueo”, del “patria o muerte”, del discurso del odio.

Y más triste aun es la constatación de que ese país sin futuro solo es posible gracias a la mezquindad y ceguera de los políticos ‘no masistas’, que pese a conocer la fortaleza de una corriente que jala al país hacia el pasado, persiste en hacer también inviable la posibilidad de una alternativa al dividirse entre tantas siglas políticas, con lo cual muy probablemente el 18 de octubre le darán la bienvenida a un triunfo del MAS.