El Deber logo
16 de agosto de 2023, 7:43 AM
16 de agosto de 2023, 7:43 AM

 Por Luis González Quintanilla*

La noticia de la muerte de un apreciado amigo impacta con la devastadora fuerza de un rayo. Después, la certidumbre de que somos echados a este valle de lágrimas y alegrías con evidente fecha de caducidad aminora el golpe. Y la razón, al fin, lleva a pensar que allá donde esté su espíritu estará tanto mejor que en la envoltura corporal durante la etapa biológica de la obsolescencia. Además, la memoria, con sus misteriosos mecanismos, desbroza los dramas y hace perdurar los recuerdos positivos. Pasé por ese proceso al enterarme de la muerte de Mario Rueda Peña, a quien sus colegas y amigos apodábamos Gato.

El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht colocaba en la cúspide de los personajes cotidianos a los luchadores políticos comprometidos. Los llamaba los imprescindibles. Mario fue uno de ellos, por lo menos en una etapa muy complicada de la vida del país: el primer Gobierno de la democracia, instalado en 1982, que presidió el Dr. Siles Zuazo. La valoración de su paso por el Ministerio de Informaciones fue unánime: el vallegrandino, -periodista, intelectual y abogado- tuvo mayor peso específico que la mitad del gabinete ministerial. Fue un imprescindible.

Una noche, en medio del bullicio rutinario dirigido a bloquear al Gobierno de la democracia, Mario presidió una reunión del directorio de la Televisión Boliviana, del cual yo formaba parte en representación de la Vicepresidencia. El debate fue rudo, crispado. El director del monopólico y poderoso ente de comunicación, Pachi Azcarrunz, se había corrido bajo el alero del lechinismo y de la COB, que formaron una pinza conspiradora con los políticos conservadores contra el Gobierno de la UDP. La reunión finalizó con la destitución del director.

Al día siguiente, Mario me convocó a la empresa. Tenía lista la Resolución Suprema mediante la que se me nombraba director general de TVB. La reunión un tanto surrealista se produjo en el escenario de pasillos semi desiertos y envuelta en un ambiente hostil: el ministro leyó la Resolución, me llenó de elogios, y yo hice un discurso de circunstancias. Se suponía que el sencillo acto debía ser grabado para ser emitido en el telediario de la noche. El video nunca se difundió: el camarógrafo se había “olvidado” de apretar el botón play. Minutos más tarde se hizo pública la determinación de la huelga de los funcionarios de la empresa con la ocupación de las oficinas y de la planta emisora, al igual que en Comibol, ENTEL, el Banco Central y un largo etcétera de instituciones públicas. 

Aunque el comunicado de los trabajadores de TV y Radio sostenía que el movimiento era en apoyo al director defenestrado, mis amigos y colegas sospecharon, no sin razón, que las medidas eran en contra mía. Circularon varias versiones del hecho. Yo me quedo con la que afirma que el Gato quería tener un director profesional de confianza política.

Unas semanas después, Rueda Peña urdió un audaz golpe de mano para retomar el Canal secuestrado. Organizó un pequeño comando en el cual descollaba el ingeniero del COBEE y más tarde dirigente mirista, Guido Riveros. A la hora en que los ocupantes de la planta aflojaban su atención, el ministro y el ingeniero cortaron el cable de energía. Los pocos miembros del grupo ocupante huyeron despavoridos, y el Canal de TV fue recuperado. Parece que el Gato, estratega y actor principal de la operación, puso nervioso al ingeniero. El cable seccionado, además de dejar sin energía a la planta, dejó sin luz, por varias horas, a media ciudad de El Alto.

El Ministro Rueda Peña alcanzó mayor fama cuando Carlos Mesa, productor y entrevistador del importante programa televisivo “De Cerca”, lo invitó a una entrevista que, ciertamente, no iba a ser benevolente. “De Cerca” tuvo ese día máxima audiencia: se enfrentaban dos talentos en el manejo discursivo . El resultado fue que, por primera vez en la historia del programa, el invitado terminó arrinconando al entrevistador.

Mario no le tuvo miedo al ilustrado productor televisivo, ni a las masas conducidas por un radialista devenido en político populista, también opositor. Una tarde el ministro se dio de bruces con una manifestación que pasaba justo por las puertas del palacio de gobierno. Cuando algunos manifestantes lo reconocieron, los insultos y amenazas arreciaron. Para evitar el inminente linchamiento, Mario se acercó a la cabecera de la marcha en aspaviento para saludar al Compadre Palenque. Aún hizo más: lo agarró del brazo. Los manifestantes consideraron que se había producido una voltereta política, y Rueda Peña aprovechó para dirigir a las masas más allá de la histórica plaza.

Una docena de años antes Peña Rueda había formado parte de una pléyade de periodistas, que, con diferentes grados de compromiso, participamos, en la apertura democrática de los Gobiernos de Alfredo Ovando y Juan José Torres. En 1971, a la caída de este último último, la nueva dictadura nos obligó a caminar por las sendas del exilio. En Chile, Mario y el poeta y periodista Jorge Suarez mantuvieron una columna cotidiana en el popular “Puro Chile”. El espacio periodístico de los dos bolivianos tuvo una de gran difusión por el nivel de sus análisis y su agudo humor.

En ese medio, Mario también oficiaba de reportero especial. Lo enviaron a informar sobre los posibles sobrevivientes en un vuelo que meses antes había desaparecido durante el invierno en las nevadas montañas andinas. El avión transportaba a un equipo de jóvenes deportistas uruguayos. Al llegar la primavera, Rueda Peña fue el primero en encontrar a los supervivientes.

La nota le costó al periodista penas intangibles y muchas maldiciones, ya que adelantaba el hecho de que los sobrevivientes se alimentaron con partes del cuerpo de sus compañeros fallecidos. La campaña contra el reportero culminó con el pedido de su expulsión de Chile urdido por la mayoría conservadora del Congreso. Sin embargo, pocos días después, algunos de los deportistas sobrevivientes confirmaron la primicia de Rueda Peña.

Nuestro hombre fue nuevamente exiliado cuando llegó Pinochet. La diáspora persecutoria lo llevó a refugiarse en Alemania del Este. En la Universidad berlinesa de Humboldt continuó otra época de su formación.

Mario fue miembro de la última y empequeñecida brigada parlamentaria del MNRI, (1985-1990). Desde ese lugar defendió lealmente el legado democrático de Siles Zuazo. En la siguiente legislatura, cuando ocurrió la reunificación de los movimientistas, no dudó en mantenerse al margen de esa conjura aparentemente unitaria. Fue forjador de la Nueva Mayoría adherida al MIR.

Años después, tuvo una brillante intervención en la sesión parlamentaria sobre el tema de los narco-vínculos. Con rigor jurídico y fina ironía -que el Gato Rueda manejaba como el filo de un bisturí- puso las cosas en su justo término. Sin abandonar el espíritu crítico, desbarató la conjura urdida por el gonismo y la Embajada Americana.

Estando en el Parlamento, Mario me invitó a hacer el experimento de escribir unas crónicas que se publicaron en la prensa nacional bajo títulos sugerentes. “Los oficios de los políticos de hoy en el exilio de ayer”, “Transfugio, acrobacias de la política”, “Cuándo los periodistas andaban con revolver en la sobaquera”… 

Estas crónicas, escritas al alimón, eran una mezcla de humor, nostalgias y anécdotas inéditas. Pero nuestra asociación terminó cuando tocamos un tema que provocó un escandalete, como suele ocurrir, azuzado por una colega más papista que el papa. Se trataba de la vida amorosa de algunos curas revolucionarios. “Con la Iglesia hemos topado, Mario”-le dije. Fue la última columna de nuestra serie a cuatro manos.

Algunos recuerdos, desde el sentimiento, sobre un hombre ciertamente esencial, un imprescindible.

*El autor es periodista. Fue dirigente político.