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Luchó con fe por su libertad. Defendió a ultranza su honorabilidad. No cayó en la trampa tendida por el leviatán, esa máquina de terror que buscaba su autoincriminación penal en un juicio infame. Durante tres años, Carlos Alberto Chávez Landívar sufrió un calvario indecible. La justicia comunitaria colgada de la solapa gubernamental lo persiguió con saña, violando las normas del derecho y del debido proceso. Él respondió con admirable entereza cada una de las falsas acusaciones. Sacó fuerzas de flaqueza, consciente de que tenía la verdad a su favor, el apoyo granítico de su familia y la fidelidad de colaboradores y amigos que lo acompañaron hasta el final. Un adiós doloroso que nos deja profundas moralejas.

¿Por qué lo estigmatizaron de forma tan alevosa? Acaso es delito reclamar a los poderes públicos para que apoyen la actividad balompédica sin retaceo. Carlos tuvo el valor de enfrentar al totalitarismo salvaje y exigirle que cumpla sus promesas de elevar el nivel del fútbol boliviano con políticas de desarrollo integral. “Señor presidente, usted nos está fallando”. Fue su mayor pecado, porque a partir de ese momento decretaron su muerte civil.

Su papel en Oriente Petrolero, en la Federación Boliviana de Fútbol y en Conmebol no tiene parangón. En el club de sus amores clasificó a cinco Libertadores de América logrando un título liguero en 2001, además de varios torneos internacionales. En su mandato, sofocó una profunda crisis institucional cancelando más de $us 6 millones de impuestos nacionales. Ante la FIFA defendió a la ciudad de La Paz como sede del seleccionado mayor, cuestionado por muchos estados. También logró engrosar las arcas de los clubes profesionales en materia de premios en la Copa Libertadores y Sudamericana. Protegió la materia prima nacional, bajo su pensamiento “Hemos dedicado nuestros mayores desvelos a las divisiones inferiores, desde donde asoman las nuevas estrellas”.

Su nombre brilla en la galería de los más notables valores deportivos cruceños, de la talla de Edgar Peña Gutiérrez y Romer Osuna Añez. Dudo que los actuales dirigentes de la FBF, llenos de complejos y resentimientos, le lleguen a sus talones. Porque en definitiva, las luces superan a las sombras de un ser humano excepcional.

Cruzó el Rubicón, construyendo obras de gran envergadura. Perdonó a sus detractores con el sello de su sólida formación cristiana. Es la voz de la conciencia, que más temprano que tarde calará hondo en la sinrazón del poder omnímodo que, felizmente, está en caída libre.

 

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